Nueva portada

El dibujo de la portada del blog fue realizado con el mayor de los cariños por FerchuM, quien se hace responsable de las críticas que puedan existir contra los garabatos antes mencionados.
La obra es en papel A4 borrador del laburo (detrás hay un proveído que el juez nunca firmó), y la pintura es a base de lapicera negra parker, birome bic negra y liquid paper gastado.
Téngase en cuenta al momento de la crítica que este miembro del grupo carece de conocimientos de dibujo, de caricatura, de perspectiva, de arquitectura, de filosofía, de política, de negocios... resumamos en la idea de que carece de conocimientos en general.
Por otra parte, si ud. es miembro del grupo y no se encuentra en el dibujo no implica que haya sido olvidado, sino que es cuestión tal vez de abrir un poco la imaginación y pensar: "mmm... ¿ese seré yo?"
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jueves, 11 de febrero de 2010

Frialdad: encuentro cercano con el glaciar Perito Moreno y con la gente de El Chaltén

Usamos el auto todo lo que pudimos, casi hasta para ir al baño. El Ford K rentado era una suerte de bendición, que además de evitarnos trepar las empinadas calles de Ushuaia y transportarnos de un rincón del parque nacional a otro, nos sirvió para hacer una de las excursiones más esperadas del viaje, la visita al coloso de hielo, el glaciar Perito Moreno.
Cómo describir con palabras la soberbia de ese glaciar, si ni siquiera las fotos ni las filmaciones consiguen retratar la realidad, una realidad tan irrepetible como las cataratas del Iguazú, el Talampaya, el Macchu Picchu, etc.
Cuando llegamos a la pasarela, desde donde pudimos hacer avistaje desde distintos ángulos y alturas, lo primero que hicimos fue escabullirnos entre extranjeros de todas las nacionalidades y conseguir fotografiarlo, pero por más que intentáramos, los colores que lo componen, con sus tonalidades de blanco y celeste se volvían más y más inalcanzables. Para colmo, aparecer alguno de nosotros delante del glaciar generaba un cambio de balances de blanco que volvía al monumento natural indiscernible en un fondo blanco que acompañaba nuestros rostros. En la desesperación por conseguir captarlo logramos lo que los manuales Canon y Sony no consiguieron: que aprendiéramos a usar nuestras cámaras digitales. Recién ahí el glaciar se dejó robar algún que otro color.
De cualquier manera, personalmente no pude dejar de sentir un estremecimiento producto de tristeza y piedad por aquel majestuoso monstruo de picos y paredones glaciales que tronaba con la gravedad de un trueno y escupía fragmentos de sí mismo al lago Argentino. No pude dejar de sentirlo como una bestia prehistórica mortalmente herida, luchando contra sí mismo para no desarmarse por completo y perecer en su propio derretimiento, en su propio llanto. Desde ya que su muerte no es inminente si se la compara con la corta vida humana, pero la estocada ya fue dada, y ahora por cientos de años, el coloso se ira desmoronando, tronando su desgracia.
Tal vez suene ridículo, pero pese a su cautivadora belleza, lo sentí un espectáculo triste, un estrago de la inconciencia del ser humano, una injustificada destrucción de nuestro propio hogar. Trato de hacer la vista gorda, de pensar en que es algo que me supera, y no puedo dejar de cuestionarme si realmente me supera, si nos supera a todos. Y abandonando estas reflexiones a fin de evitar convertir la crónica en un manifiesto ecologista, retomo nuestra excursión.
La estadía en el parque fue breve, quedándonos incluso con las ganas de subirnos a una lancha o catamarán o lo que fuera, que se acercaba a la gigantesca pared de hielo, por estar corriendo con el tiempo para devolver el vehículo, armar las mochilas, desarmar las carpas y subirnos al micro que nos dejaría en El Chaltén.
Mas o menos, la velocidad con que lo cuento se asimila a los acontecimientos, que de buenas a primeras nos ubica en la ciudad del monte Fitz Roy, en un atardecer con un cielo prácticamente de acuarela. Quizás un poco esperanzado aún, no me doy cuenta de que se acercan los días de oscuridad (por la suciedad de no ver una canilla ni una ducha por días), pero no quiero adelantarme en los acontecimientos.

Después de los precios irregateables de El Calafate y tras haber cumplido con la impresionante visita al famoso glaciar Perito Moreno, finalizó la primera etapa del viaje, aquella de comodidad a raíz del auto alquilado, y comenzó el de los circuitos de trekking desde el Chaltén, con las implicancias que esto mereciera.
El pueblo de El Chaltén es, hablando mal y pronto, un caretaje del mismo nivel que el Calafate. Todos los habitantes buscan hacer dinero a toda costa sin importarles la situación, edad y origen de nadie. Si bien es bonito carece de mérito de haberse convertido en lo que es con el transcurso de su historia (de la cual prácticamente carece por ser el pueblo fundado más recientemente en el país), y al estar pensado al solo efecto del turismo europeo le brinda encima un carácter detestable y vergonzoso. Ello, sumado a su poca poesía, a su falta de humanidad, en donde la única emoción es brindada por el Fitz Roy, que en sectores del pueblo no es observable por hallarse oculto tras un cerro.
Cabe destacar también la actitud de los habitantes, propia de máquinas expendedoras de boletos que prefieren no vender antes que disminuir los abultados precios, consideran que los pagos de un extranjero con buen nivel económico debe ser similar a la de un estudiante argentino. Y es que siempre está presente la opción, por supuesto, de no pagar lo que cuesta el camping organizado, y pasar la noche en el camping libre, al que se accede tras subir durante dos horas la montaña, dentro del Parque Nacional Los Glaciares, y hasta la posibilidad de elegir entre quedarse ahí o seguir caminando y alcanzar alguno de los otros campings existentes. Para dar cuenta de los negociados existentes, vale aclarar que antes existían dos campings libres en el pueblo, pero por disposición de la “intendenta” “presidenta de la junta comunal” o lo que fuera, de El Chaltén, ambos fueron cerrados y solamente quedaron los dos campings organizados en la montaña.
Impedidos de subir al momento de llegar al camping libre, y tras averiguar el precio del primer camping, en el cual la mujer que lo atendía se negó a hacernos un descuento y apoyó nuestra causa con las palabras: “Yo en su lugar, haría como ustedes, buscaría el lugar más barato para acampar, no sé cuanto cuesta el otro camping, pero ‘averigüen’, ‘avirigüen’”.
Dormimos una noche en el camping organizado vecino al de la señora, que costaba lo mismo (vaya casualidad) y con la diferencia de que tenía agua caliente las 24 horas, cosa que no ocurría en el primero. Antes de emprender a la mañana siguiente el ascenso al camping libre, oímos dentro de la Administración del camping en el que paramos que a los que paraban en el camping con auto les correspondía abonar un plus por el rodado, y que a un grupo de personas que pedían permiso para usar una parrilla para hacer un asado, y sin intenciones de armar una carpa para quedarse a dormir, les exigían la mitad de lo que cuesta la estadía por persona a cada uno de los comensales.
Decididamente asqueados de los negocios, de que no haya señal para los celulares, que los ciber no permitiesen bajar el Skype (un programa para hablar por teléfono por Internet, que es gratuito), que los dos campings libres de la ciudad hubiesen sido cerrados permitiendo que los dos organizados hicieran lo que quisiesen, nos calzamos las mochilas y nos dirigimos a la montaña, puntualmente a la laguna Capri donde dejaríamos la carpa armada y desde donde partiríamos rumbo a las sucesivas caminatas.


Epígrafes:
Foto 1: Vista de la magnitud del glaciar Perito Moreno.
Foto 2: Una de las paredes del glaciar, con su color característico. El hielo que parece desprenderse y que sin embargo está por el momento firme, formando una V de la victoria consigue que algunos visitantes confirmen que que el glaciar es nacional y popular.
Foto 3: El atardecer en El Chaltén casi roza la pintura.

Cierro esta crónica con un tosco poema dedicado al Glaciar Perito Moreno que recojo de entre mis apuntes y dibujos:
Antiguo habitante del tiempo
soberano hielo del mundo
pared glacial de la historia
oigo tronar los lamentos,
rugidos de herida mortal,
que tu vejez desgrana
en la gélida paz que te arrulla.
Perdiste la soledad en que naciste,
te adulan quienes te traicionan,
entre flashes y filmaciones
el hombre retrata tu decadencia,
la gravedad de tu joven herida,
la pérdida de tu inmortalidad.
Estimado coloso con huesos de cristal,
tu fractura conmueve mi frágil andar.

jueves, 4 de febrero de 2010

Gastronomía Fueguina

Madrugar a raíz de la música de los descerebrados que habían llegado la noche anterior, nos permitió visitar unas sendas más antes de volver a Ushuaia, y debido a que nos encontrábamos constantemente a contrarreloj a causa de la necesidad de devolver el auto alquilado en El Calafate, con los chicos logramos convencer a Teseo para que dejara el famoso “Guanaco” para otra oportunidad. Eze lo aceptó muy a su pesar, y no obstante mi negativa, aprovecharon parte de la mañana para recorrer el sendero de Pampa Alta y el Valle del Río Pipo. Yo, por mi parte, me incliné hacia la lectura y la reflexión.

Ni bien se alejaron por el boscoso sendero, los subnormales detractores de la naturaleza volvieron a la carga con dosis de reggaeton y cumbia, logrando que mi lectura se torne costosa y difícil de asimilar ante banal competidor que habla de sexo, droga y frases zonzas y patéticas que se tornan pegadizas a base de la constante repetición, y se refriegan por el cerebro al punto de secarlo y dejar al individuo en una suerte de pseudo-lobotomía que en ocasiones consigue que uno se descubra tarareando sus ritmos de dos acordes, si es que los llega a tener.

Tras lanzar un par de gestos de bronca que de seguro no logran visualizar por la distancia, decidí abandonar mi ubicación e internarme en el bosque. Junto a un arroyo la música se tornó lejana, convirtiéndose en un bajo constante retumbando de la tierra. Si bien la ubicación escogida no me convencía lo suficiente, tampoco podía alejarme demasiado ya que las llaves del auto estaban en mi poder, y si bien los muchachos se habían ido por ese camino en el que me encontraban, no tenía la certeza de que regresaran por el mismo lado.

Me senté junto al arroyo y comencé a leer. Nuevas preocupaciones: mosquitos. Sin embargo, los preferí con dengue y todo antes que ese compilado de grasa que andaban escuchando a todo volumen la manga de retardados.

Con el regreso de los demás, hicimos el sendero de la cascada del río Pipo y nos volvimos a Ushuaia.

Era domingo, dos de la tarde y teníamos un hambre devorador producto de haber comido la noche anterior un arrocito “azafranado” con conservantes con aroma a paella. Por suerte, Ernest, con un olfato magnífico, nos guió a un local con una variedad de empanadas nunca antes vista y así logramos saciar nuestros estómagos, y quedar en condiciones como para viajar a Tolhuin, que está cerquita de Ushuaia, prácticamente después de unos kilómetros de curvas y contracurvas con paisajes de cerros nevados y mucho verde y lagos.

Como debíamos pasar la noche en dicha localidad, nos dirigimos a un camping. El dueño pretendía una suma por persona que Eze rechazó sin reservas. Pese a nuestro asombro por el precio, el bigotudo que nos atendió, que sospechamos de tendencia germanófila, no cedió y nos indicó que de querer pagar menos podíamos ir a un lejano camping que habíamos visto desde la ruta. Este rechazo nos dio inmediatamente la pauta de que el bigotudo la levantaba en pala y que no cargaría en su conciencia no haber dado una parcelita a unos argentinitos ratones. Insistiendo en que pagaríamos la suma si se ampliasen los beneficios que el camping otorgaba, solo al efecto de poder intentar convencer a Teseo, el bigotudo pisó el palito y largó el rollo, soltando la piedrita que guardaba en el zapato. “En el camping del sindicato de comercio creo que cuesta cinco pesos por persona”. Por primera, y tal vez única vez en el viaje, la testarudez de Eze consiguió lo que los regateos y contraofertas de Ernest no lograron.

Efectivamente, el camping manejaba ese precio y tenía lugar de sobra. Además, contaba con beneficios que el encargado del camping del sindicato, un tipo bondadoso con panza de asado, nos informó, desde permitirnos ubicar la carpa en un refugio con techo a dos aguas para evitar el viento y la lluvia, calentarnos agua sin costo alguno para unos mates, e incluso ante nuestro pedido de agua caliente para ducharnos prendió la bomba para que pudiéramos bañarnos. Graciosamente, Eze, urgido de asearse, no esperó el tiempo suficiente para que la bomba cargase y se arriesgó a una hipotermia.

En cuanto a la comida, después de la cantidad de empanadas del almuerzo, Ernest había considerado cenar algo livianito, de paso para no perder la costumbre, y había negado rotundamente la posibilidad de un asado. “Cuando estemos en el Chalten…” prometía pensando en los corderos patagónicos que seguramente serían regalados en aquella zona. Y es que después de su viaje a Cushamen, lo único que realmente lo motivaba era poder hacer un cordero o un chivo al asador. Pero resultó que, mientras yo buscaba el refugio con el suelo menos pedregoso y con menor inclinación, me encontré en el interior del último intento no sólo el lugar más apto sino que además la señal que Ernest estaba esperando. Sobre el suelo del refugio yacía una cruz de hierro de asador.

Inmediatamente, corrí hacia Ernest y le conté el hallazgo, y como sus oídos no daban crédito a lo que oían, fue a verlo con sus propios ojos. La lejana posibilidad se convertía en un santiamén prácticamente en certeza. En ese camping, para colmo, teníamos leña ilimitada, chapas para proteger del viento y el bonito asador.

Ezequiel lanzó su caballito de batalla, como quien retruca cuando siente que el partido se le va de las manos. “Pero ¿qué hora es? Me parece que deben ser como las siete y media, y estaría bueno que nos fuéramos a dormir temprano”. No obstante, inmediatamente salté con mi celular en la mano dando la hora exacta: ¡eran las seis y cuarto! Había tiempo para hacerlo.

Solo quedaba un impedimento en pie además de convencer a Eze (lo cual no nos preocupaba porque estábamos dispuestos a obligarlo): conseguir el cordero. Ernest y Teseo fueron a su busca y al rato regresaron exitosos, habiendo Añadir imagenconseguido milagrosamente un pedazo que no estaba congelado y de esa manera nos despedimos de Ushuaia a lo grande.

Como para no perder la costumbre de las músicas, tuvimos la suerte de que justo al lado nuestro vinieran un grupo de amigos a pasar una noche de camping, escabio y reggaeton, cumbia y similares y Eze rezongó hasta que me dormí. Creo que incluso por la noche fue a enfrentarlos, según comentara a la mañana siguiente, pero con calcitas y todo, esta vez la música apenas bajó y no le quedó otra que dormirse con la música ajena sonando.

A la mañana siguiente, la música seguía sonando y tras desarmar la carpa nos dirigimos a la panadería “La Unión” donde compramos cosas ricas que desayunaríamos con el mate en el día de viaje que nos esperaba rumbo a El Calafate.


Epígrafes:

Foto 1: El ruso y Fer en el camping del Sindicato de Comercio distribuyen las chapas para evitar que los fuertes vientos no afecten la cena.

Foto 2: El refugio en el que ubicamos la carpa dentro del camping.

Foto 3: El ruso limpia la única cruz que se anima a tocar, la del asador, y manifiesta que a diferencia de todos los católicos, su bautismo fue con fuego y no con agua. "Cielo o infierno? Infierno toda la vida. En el Cielo no hay humo, por lo que estoy seguro de que no comen asado.".

martes, 26 de enero de 2010

Las caminatas al Glaciar Martial y en el Parque Nacional Tierra del Fuego

El año nuevo en Ushuaia, el fin del mundo, según le dicen, nos dejó con un sabor amargo en la boca. Después del asado que comimos bajo una llovizna intensa que, por momentos, se podía llamar lluvia, y habiéndose las manecillas del reloj marcado las doce el cielo se mantuvo apagado, como una noche cualquiera. “Es que acá hay muchas casas de maderas, por lo que los fuegos artificiales están prohibidos”, nos explicaron.
De cualquier manera, la alegría de las vacaciones y del fin del año y la esperanza de uno mejor, fueron suficientes para enfrentar tanto la lluvia que caía cuando se le daba la gana, y por lo general era en los momentos menos deseados, o ante algunos pedazos de carne gomosa que servían para sacar músculo en la mandíbula.
Una vez finalizado nuestro brindis con licor de chocolate con menta, salimos en el auto hacia un bar, en busca de fiestas. El pub irlandés al que entramos, si bien parecía divertido, fue una lágrima, por lo que siguió una desesperada búsqueda de boliches, sobre todo de parte de Ernesto, a quien habiéndole subido el licor de chocolate con menta al cerebro quería descocar y terminar la noche abrazado a una mujer o símil, y de última a una botella.
Desafortunadamente para él, la búsqueda se tornó infructuosa y tras su despavorida huida al enterarse el precio del último reducto de esperanza, el boliche El Náutico, desaparecieron sus intenciones de festejar el año nuevo entre luces de colores y reggaetones de letras berretas.
En resumen, el año nuevo comenzó con un madrugador despertar que nos hizo aprovechar el día al máximo. Por la mañana hicimos el sendero de la baliza, un circuito desde la costa del Beagle frente al territorio chileno, que se introducía por bosques y praderas siempre con vistas increíbles hacia el canal; y por la tarde viajamos en auto hasta la base del Glaciar Martial desde donde emprendimos su ascenso hasta alcanzar un punto en el que decidimos tomar unos mates sumergidos en la humedad de una nube que descendió sobre nosotros.
El día siguiente abandonamos el camping y nos internamos en el Parque Nacional Tierra del Fuego, donde pasaríamos una noche en camping agreste, sin pagar más que el acceso al Parque.
Antes de instalarnos, aprovechamos para recorrer un par de senderos: la Bahía de Lapataia, un mirador de aves donde solo vimos uno con cuello blanco en la lontananza y que por hallarse entre los pastizales sólo veíamos su cabeza y cuello, que repetía un movimiento sincronizado que nos hizo dudar si no sería un animatronic del estilo de las películas de Spielberg.
Hasta entonces los pies, aunque cansados venían respondiendo más o menos bien, la espalda de Ernest amenazaba con quebrarse como una rama seca y Eze “Teseo” Birman estaba hecho una fiera que quería subir todo lo que fuera posible. Esto generaba una controversia de compleja resolución: por un lado Eze, conductor y por lo tanto controlador del poder, deseoso de realizar la subida al cerro Guanaco, al que también llamamos Huanchaco, Monte Chingolo, etc., que en total implicaba para la subida y bajada unas cinco horas mínimo; por otra parte, los Fernandos, conmigo como líder detractor de la idea, que aún sabiendo que la vista debía ser maravillosa desde arriba de todo, era realista de su imposibilidad física de subir siquiera a un hormiguero; y Ernesto y su dudosa espalda, en un término medio, jugando con su indecisión.
El autoritarismo birmánico desoyó a la mayoría de tres a uno que pretendía hacer el sendero de la castorera y manejó hasta la base del cerro Guanaco, cuyo inicio era compartido por la senda al hito XXIV. Afortunadamente para la mayoría, en el punto de bifurcación del sendero yacía un amenazador cartel que además de mencionar la necesidad de calzado adecuado y ropa cómoda (que varios carecíamos, sobre todo Ernest y sus chinelas agujereadas y yo y mis zapatillas sin plantillas), indicaba la recomendación de ingresar antes de las doce del mediodía. Lamentablemente para Monsieur Birman, eran las tres de la tarde o más tarde y no quedó otra opción que el hito XXIV, es decir, la caminata hacia el límite fronterizo con Chile, al cual se accedía bordeando la costa de un lago, pasando por bosques con árboles tumbados por el viento y otros que crujían sobre nuestras cabezas. La caminata aunque sencilla era larga y le dedicamos unas horas en ir y volver.
Los pies comenzaban a doler.
Una vez finalizado el recorrido, con Ernest hicimos exigencia de nuestro vulnerado derecho, consiguiendo ser llevados al recorrido de la castorera donde no vimos ni un castor, pero sí sus obras de ingeniería hidráulica, a la vez de nos que nos informamos sobre su intrusión en el ecosistema a raíz del hombre y los perjuicios que ello implicó.
La última caminata del día fue una senda “interpretativa” de la Laguna Negra, en donde no encontramos ni psicoanalistas ni lingüistas o semiólogos, sino unos carteles educativos que enseñaban lo que era un turbal y que no viene al caso que lo explique.
Tras la presencia de un zorro, el armado de la carpa y cenar un plato de arroz nos acostamos para relajar los doloridos cuerpos y descansar bajo el apacible manto de la madre naturaleza, y esas composiciones musicales compuestas por agua de un arroyo, el viento agitando las ramas de los árboles y hasta los sonidos apenas imperceptibles de los insectos. Hasta que de pronto fuimos víctimas de unos desgraciados sin gusto, atentadores del estado de naturaleza, asesinos de paz y contaminadores de la calma y la dulce melodía natural, que llegados con, a falta de una, dos camionetas, pusieron en sus estereos música electrónica a elevados decibeles cagándose impunemente en todo. Amen de nuestra bronca, que no era poca, Teseo, todavía inyectados los ojos de sangre por no haber podido escalar su deseado Guanaco, salióse de la carpa cual bestia embravecida y en blancos calzones largos pidioles con cierto tono de exigencia que apagaran aquella detestable antinatural sintética música para poder descansar. Se desconocen los pensamientos de aquellos imbéciles de poca altura mental que obedecieron al mandato birmánico. Tal vez sintieron que realmente era un horario inadecuado para semejante volumen. Prefiero creer que la verdadera razón de su obediencia inmediata fue la furtiva mirada de un Teseo salido de las casillas enfundado en una suerte de calzas blancas.


Epígrafes:
Foto 1 der: El ruso Salzman ahumándose en pleno intento de hacer el fuego para el asado de fin de año, bajo la llovizna.
Foto 2 izq: Representación fotográfica de los vendavales que enfrentó el grupo en el camino de la Baliza.
Foto 3 der: El grupo completo posa tras haber ascendido al Glaciar Martial.
Foto 4 izq: En el Parque Nacional Tierra del Fuego finaliza la ruta 3 (la Panamericana). Teseo, por motivos que se desconocen, se tira al suelo y hace gestos al cameraman (en ese momento, el Ruso Salzman).
Foto 5 der: Miembros del grupo junto al hito XXIV. Sus rostros buscan contener la decepción por haberse encontrado un triángulo naranja como hito.
Foto 6 izq: Demostración de habilidad del Ruso Salzman para revivir el fuego que calienta nuestra pobre alimentación.

domingo, 17 de enero de 2010

Patagonia 2010: Comienza la aventura

La mañana nos encuentra sumergidos en profundas calmas de films mentales, en funciones oscuras que proyectan nuestras mentes y que no solo rara vez se repiten sino que incluso contadas veces terminan. El quiebre es paulatino en mi caso, que de a poco regreso a mi cuerpo y doy cuenta que me rodea una bolsa que me hace gusano, dentro de una carpa junto a mis compañeros de viaje, Ernest "Ruso Salzman" y Ezequiel "Teseo" Birman. No es la primera vez que madrugo, estoy habituado a ese castigo. Intento vanamente despertarlos, pero el triunfo será de una chillona y tosca alarma de celular que suena al otro lado de la carpa.

Estamos en el camping El Ovejero de El Calafate, al cual llegamos luego de ser practicamente los que cerramos el Aeropuerto Armando Tola, una pequeña estructura de alto vuelo. De ahí a la ciudad tuvimos que contratar un económico taxi que nos costó ni más ni menos que ochenta pesos.

La planificación para el día, organizada antes de acostarnos, se pone automáticamente en marcha. Habiendo dormido lo necesario para emprender el viaje en auto rentado, de reducidas dimensiones engullimos unos panes milagrosos para engañar ligeramente la hambruna producto de saltearse una cena y salimos rumbo hacia el sur, a 800 kms nos esperaba el próximo destino: Ushuaia.

A medida que avanzamos, los paisajes se tridimensionan y las conversaciones derivan en temas de cualquier tipo. ¿Adonde vamos? Tal vez no lo sepamos con exactitud. Nos dirigimos a Ushuaia pero probablemente esa respuesta sea bastante incompleta como para dar cuenta de nuestros conocimientos. Solo sabemos que cruzamos ciudades, fronteras y un estrecho marítimo bajo un cielo que va adquiriendo las más variadas tonalidades a lo largo del día, desde un intenso azul a un celeste salpicado de nubes blancas a un cyan verdoso que irá ennegreciéndose a medida que el sol se retire a sus aposentos, tras los cerros nevados del oeste. También veremos los cambios en los climas y la vegetación, que de unas tierras desérticas de pastizales xerófilos se irán transformando a lo largo de kilómetros en un culminante e impenetrable bosque de pinos y fríos árboles de madera blanda.

Pienso que la naturaleza consigue lo que dos pueblos no lograron, unirlos en semejanza natural, en parte del mismo mundo. Mientras el poder y la ambición se esfuerzan en diferenciarnos, ya sea a través de conflictos, guerras o símbolos estúpidos, la naturaleza deja al descubierto una mirada más sabia y probablemente más humana, la eterna igualdad.

El ripio en el lado chileno nos demora. Ezequiel maneja con sumo cuidado el Ford K 2009, y a cada ruido producto de golpes de piedras que saltan contra el chasis del auto, por mínimo que sea, lanza una sarta de blasfemias y reduce la marcha. Es que como el auto es alquilado, constantemente viene a su mente la imagen de la señora “parca pero gentil” de la agencia a la que, de seguro, no le hará gracia alguna ningún tipo de abolladura ni pinchadura de tanque de nafta.

Por suerte alcanzamos el territorio argentino y su ruta asfaltada, y en esa mitad de la isla, la ciudad de Río Grande, Tolhuin y luego de unas curvas y contracurvas en plena noche que Ernest consiguió pasar sin dejar de crisparnos los nervios y jugando a ser un corredor de Formula 1 en el circuito de Mónaco, llegamos a Ushuaia. Allí nos encontraríamos con Fernando, un compañero del secundario de Ernesto, quien por mensaje de texto nos diera las coordenadas exactas para que fuéramos a buscarlo y de esa manera completar el grupo.

Con el auto recargado, comenzamos a trepar por las calles de la ciudad del fin del mundo en busca de un camping donde pasar la noche. El primero en aparecer fue el camping “La pista del Andino” que tenía un costo excesivo pero que más adelante descubriríamos que se justificaba pagarlo y nos quedaríamos dos noches más. Ernest, sacando su lado turco, se acercó al dueño en busca de una rebaja, ejercitando su famoso y tan perfeccionado por los viajes anteriores “regateo”, pero la sorpresa fue tal ante la negativa que no pudo siquiera disimular su consternación y enojo.

Al día siguiente descubriríamos que desde donde nos habíamos ubicado teníamos una vista de parte de la ciudad y hacia arriba un cerro con un espacio libre de árboles que en invierno se transforma en pista de esquí. Por lo demás, el camping estaba equipado con agua caliente, agua potable, cocina con gas, proveeduría con precios para europeos y una parrilla junto a la carpa, desde la cual Ernest comandó nuestro contraasado de fin de año, dado que los administradores del camping cobraban $100 la cena de fin de año, que consistía en asado libre, no incluía bebida salvo por la sidra del brindis y una mesa dulce. Desde ya, los precios para cohabitantes del país eran similares a los que se les cobraba a los europeos, porque, claro, sería injusto para ellos, sería “desigual” según la política de uno de los dueños del camping. Simpáticamente, olvidaban que los pobres europeos cobran sus sueldos en euros y pagar esa suma por una cena era para ellos una ganga, mientras que para nosotros una patada en las bolas. Pero dejamos que sean felices con sus adorados europeos que les daban las ganancias que andaban buscando, e hicimos la nuestra.

Como se verá más adelante, salió bien pese a todo.


Epígrafes:

Foto 1 izq: FerchuM en el estrecho de Magallanes se la da de facherito y no le sale.

Foto 2 der: Teseo finge que comanda la balsa que cruza el estrecho.

Foto 3 izq: Fer en la Pista del Andino. Detrás suyo se aprecia el hueco hecho en la montaña para hacer el famoso esquí en invierno.

Foto 4 der: El ruso pasa junto al Ford K que nos acompañara en este comienzo del viaje


miércoles, 19 de agosto de 2009

Otra vez no

Nos olvidamos de su último cumpleaños. Y esta vez, de todos modos, nos acordamos bastante tarde. Pero no lo vamos a dejar pasar.
El Viernes 7 de Agosto concluyó un período. Por lo menos, para un miembro central del grupo.
Fueron años de estudio (o guitarreo, pero convincente). Y de cansador trabajo. Vivo ejemplar del fructífero curro que fueron las pasantías para los estudios jurídicos. Pero se la bancó. Sin perder el humor, la sonrisa, la amistad, la iniciativa y su amor por el cine.
Aprovechó cada verano, varios inviernos y findes largos para viajar por el país y otras naciones hermanas, acumulando recuerdos y anécdotas de todo tipo. No satisfecho con guardar eso sólo para él, compartió sus historias con todo aquel que quisiera visitar su blog. Y fue más allá: nos ofreció a todos este medio. Para reflejarnos, y comunicarnos de otro modo. Participó en memorables payadas en el blog de Discepolín. Y nos sigue deleitando con los capítulos de “Baños Públicos”.
Pero no sólo eso. Cualquiera que lo conozca sabe de su pasión por el cine, y su amor por el vino. Sus pilas para salir con amigos. Y su paciencia para llegar, por fin, a ese viernes 7 de Agosto. Cuando Fer cerró un período: se recibió de abogado.
En vez de describir el festejo del recibimiento con palabras, una foto lo dirá todo:




domingo, 8 de febrero de 2009

CRONICAS QUE VALEN UN PERU (El hospedaje en Cusco)

El hospedaje en Cusco


Tras una costosa bajada del micro, las piernas entumecidas por el adormecimiento sufrido a raíz de la poca distancia existente entre las butacas luego de un viaje que duró más de diez horas, pisé tierra firme e inmediatamente ingresé al edificio de la terminal para ponerme a resguardo del frío áspero de la mañana cusqueña.

Con Ernesto, ya rumbo hacia la ciudad capital del imperio del Tawantinsuyo, nos habíamos preocupado por tratar de resolver qué haríamos al llegar, dado que no habíamos hecho reserva de ningún hospedaje y el horario en que arribaríamos no sería de los más adecuados como para ponernos a buscar, con el peso de nuestras mochilas a nuestras espaldas. No habíamos alcanzado conclusión alguna, pero afortunadamente no fue necesario, dado que en la mismísima terminal, uno era invadido por un batallón de individuos que recomendaban hospedajes y explicaban los beneficios y precios de cada uno. Por lo que luego de una ligera investigación de mercado nos inclinamos por la propuesta de un tipo de treinta y pico de años, bajito y de rulos oscuros que se paseaba por la terminal con un bigote cortito y que prometía que podríamos dormir lo que quedaba de la madrugada sin pagar por ello una noche de más.

El hotel al que íbamos en taxi pintaba prometedor. El volante decía tener duchas con agua caliente y desayuno, además de comodidades como Internet o televisión con cable. Puede resultar ridículo para quienes leen que se mencione la televisión con cable como algo bueno para un viaje como el que estoy narrando. Quién sería capaz de festejar tener cable estando en Cusco, una ciudad reconocida a nivel mundial porque se encuentra cubierta de construcciones coloniales muchas de las cuales tienen un basamento incaico, una ciudad con historia, con imponentes construcciones, una ciudad que en cada esquina emana esencia de Inca. Yo. Es que una de las cosas que se me privó en toda mi vida fue el acceso a la televisión por cable. Acostumbrado de toda la vida a soportar los míseros cinco canales de aire (no cuento el canal América TV porque no tiene buena recepción y parece un canal codificado) con su miserable y patética programación que promueve a salir del encierro, cada vacación que pasé en hospedajes con cable fueron una bendición para mí. No implica esto que no conozca las ciudades que estoy visitando, sino simplemente que, además de ver la magnificencia de los sitios elegidos para conocer, me informo de la existencia de canales como Retro (antes Uniseries), Cinecanal, HBO, Sony, Universal, Animal Planet, etc., y me nutro de su programación, tan inaccesible durante el resto del año. Sin ánimos de ahondar mucho más sobre este punto, agrego que la fecha elegida para visitar Cusco se trataba ni más ni menos que la época de las lluvias, y si bien creímos por un momento que por “época de lluvia” se entendía que cada diez o quince días llovía, lo cierto fue que nos llovió casi la totalidad de las jornadas que pasamos en dicha ciudad. Por lo que tener televisión fue una maravillosa manera de evitar tardes torrenciales a la intemperie, y eso se notó en la variada filmografía observada: Tiempos Modernos, Los fantasmas de Goya, Hombres de Negro, entre algún que otro fragmento de otra película.

El taxi luego de dar un par de vueltas, lo cual no nos importó en lo más mínimo ya que tanto en Perú como en Bolivia no existe el miserable y detestable taxímetro y los precios se acuerdan de antemano, enfiló por una avenida ancha y vacía de doble mano en la que a lo lejos llegamos a divisar un edificio que tenía un cartel que rezaba: “Plaza de Armas”, y tras doblar hacia la izquierda aprovechando que ningún auto pasaba por el carril en contramano, nos metimos por una calle angosta de un solo carril llamada Q’era. Hizo dos cuadras y media y apagó el motor. Habíamos llegado. Mientras sacábamos nuestros equipajes del baúl, el taxista se dirigió a las puertas de madera de gran tamaño y golpeó las mismas con un tocador de bronce con forma de puño. Encima del portal se leía “Hotel Gran Machu Picchu”. La puerta se abrió mientras pagábamos al chofer la tarifa acordada e ingresamos. Tras hacer el check in nos dirigimos hacia la habitación apreciando la interesante casa colonial en la que nos encontrábamos. En el primer patio reposaba un rectángulo cubierto de flores y vegetación protegido por una reja negra de un metro de alto. Luego seguía un corredor techado que desembocaba en el patio trasero. A las habitaciones que daban a los patios se ingresaba a través de una puerta doble, baja, de madera trabada con un pasador-cerrojo antiguo de hierro. Y luego parqué en el suelo, paredes rosadas y techos altos, y un ruido de motor soberanamente hincha pelotas que a cada hora, hora y algo, arrancaba y trabajaba por unos quince minutos. Las camas, manteniendo la impronta colonial, tenían sus maderas trabajadas y si uno se revolcaba demasiado en las mismas podía sentir el crujir de las tablas por debajo del colchón. Enfrentado a las camas, quebrantando la estética virreinal y haciéndonos recordar nuestros orígenes, la presencia de nuestra época actual, un televisor negro de catorce pulgadas.

Por las mañanas el despertador sonaba alrededor de las diez de la mañana para avisarnos que ya era horario de desayuno, por lo que, sin importar la hora en que nos hubiésemos ido a acostar, dábamos un salto rezongón, salíamos al patio trasero, que era al que daba nuestra habitación, cruzábamos al primero adornado con sus plantas, árboles y flores, ascendíamos por una escalera lateral al primer piso y ahí, improvisado en un pasillo, nos sentábamos en unas mesas junto a unos ventanales que daban al patio. El desayuno consistía en un plato con unas cuantas fetas de jamón con el tamaño de una púa de guitarra, cubitos de queso de cabra, aceitunas negras (sí, parecía más una picada que un desayuno) y bolitas de manteca, y además a cada mesa le correspondía una panera, una azucarera y un platito con mermelada. Para beber uno podía escoger de entre tres termos: café, leche o agua caliente, y a su lado, en una canastilla de mimbre, se encontraban a disposición de los comensales los sobres de té puro, mate de manzanilla o mate de anís. Para los infantiles, como Ernesto y yo, no podía faltar el polvo de cacao para hacerse una chocolatada. Finalmente, una jarra de jugo de papaya espeso fingía ser jugo de naranja y solo unos pocos llenaban sus vasos con ello, los que desayunaban ahí por primera vez.

El 31 de diciembre, último día del año, nos había encontrado cansados luego de una excepcional noche del 30 en uno de los boliches de Cusco. De modo que decidimos ir a reservar el tour para ir al Machu Picchu y volvernos al hotel para dormir una siesta. La siesta se prolongó durante todo el horario del almuerzo y al despertar notamos que lo que los oscuros nubarrones vaticinaban ya era un hecho. No encontrando más fuerzas que encender a nuestro amigo televisor nos deleitamos viendo a Chaplin en sus andanzas de Tiempos Modernos y al terminar la película decidimos salir a ver cómo seguía lloviendo.

Si bien nos preocupaba un poco que estuviera tan feo encontrándonos tan cercanos al año nuevo, ya habíamos bajado los brazos de hacía rato. Personalmente sentía que no iba a ser el año nuevo que pensamos al elegir la ciudad. Hasta el momento no habíamos podido tener la posibilidad de conocer a nadie. El hecho de que durmiéramos en un hotel en lugar de un hostel impedía encuentros en lugares comunes, los patios generalmente estaban vacíos, la computadora en la recepción no ofrecía demasiadas chances de generar diálogo con quien la estuviese usando, y en el desayuno las mesas o estaban vacías o eran ocupadas por individuos de edad avanzada que hablaban idiomas desconocidos. Por otra parte, siempre que llovía no me gustaba salir al patio dado que el día anterior habíamos salido a caminar y una tormenta de lluvia y granizo encharcó mis únicas zapatillas. De modo que con las zapatillas todavía secándose en el interior de la habitación, salir a ver cómo llovía para que se me mojaran más, realmente no tenía sentido. Pero esa tarde el patio con su lluvia tenía una luz especial, una razón para salir a verlo, un sentimiento metafísico, esperanzador, que sin explicaciones me hizo calzar las ojotas de Ernesto y salir a verlo. La puerta de la habitación de la izquierda estaba abierta y al rato se asomó una muchacha con un cigarrillo y un encendedor en la mano. Encontrándonos ambos cubiertos por el mismo balcón y salpicados por la misma lluvia, comencé una conversación banal. Muy simpática, comentó que era española, que estaba con dos amigas, coincidió que la lluvia no era lo mejor que podía pasarle a Cusco para año nuevo y finalmente nos ofreció de sumarnos a cenar con ella y quince personas más. No dudamos en aceptar.

Nuestra noche de fin de año comenzaba a modificarse radicalmente.


Ernest ingresa a la habitación del hotel con la clásica botella de agua mineral que nos permitía evitar los efectos del agua cusqueña (muy similares a los efectos del Activia) y su gorrita de lana olvidada en algún hospedaje. De fondo, el compañero de los días de lluvia.

jueves, 5 de febrero de 2009

CRONICAS QUE VALEN UN PERU (Los primeros días)

Los primeros días

Cuando todos los planes armados para excursionar en Bolivia quedaron truncos, Ernesto, con su clásico retruque capaz de mandarte al mazo con un ancho de basto en la mano, no se amedrentó por la situación sino que la aprovechó para soñar más alto. Fue así que se jugó un falta envido con la propuesta de abandonar la idea de visitar Bolivia, y en lugar de ello, recorrer lo máximo posible la República del Perú. Cierto es que me hallé un tanto perdido en el cambio de destino, máxime teniendo en cuenta que no quedaba prácticamente tiempo suficiente que me permitiera averiguar respecto de ese nuevo país que surgía entre las palmarias posibilidades. Desde ya que repicaban en nuestras cabezas las clásicas: Machu Picchu, Cusco y Lima, pero más allá de eso, ¿qué otra cosa podría proporcionarnos el Perú además de esos recurrentes y tradicionales atractivos turísticos? Porque al fin de cuentas no teníamos pensado pasar un mes únicamente en esos tres lugares. Si íbamos a dedicarle un mes a conocer Machu Picchu, Cusco y Lima, la magia que pudieran tener esos lugares se desvanecerían como las virtudes de aquellos a los que con el tiempo vamos conociendo más en profundidad. En la búsqueda comenzaron a aparecer nombres de lugares y civilizaciones como la ciudad de Nazca y la recordada civilización que hacía dibujos en el suelo, únicamente contemplables desde una posición cenital de unos cuantos miles de metros de altura, es decir, sólo pueden apreciarse alquilando un aeroplano o símil que vuele. Pero ahí surgía ya la primera crítica a ese otro atractivo reconocido a escala mundial, a saber, la imposibilidad matemática financiera de juntar ese gasto con los gastos de Machu Picchu y con la idea básica que teníamos de viajar durante un mes entero.

De modo que, para que la idea de pasar el mes en Perú no fuera descartada era necesario al menos un plato fuerte más. Mirando el mapa no tardamos en darnos cuenta lo ciegos que habíamos sido, y entonces encontramos la solución: la costa del Pacífico.

Del Pacífico no sabíamos absolutamente nada. Desconocíamos si las aguas eran frías o cálidas, si las playas estaban pobladas como la Bristol o si eran reductos bacanales como las de Pinamar y Cariló, si eran de areniscas blancas o de canto rodado y vidrio, o si las olas eran suaves y tranquilas como el nombre del océano hace creer o por el contrario su nombre había sido puesto en honor a la ironía. A raíz de estas dudas, comenzamos a hacer averiguaciones a través de conocidos de Ernesto, quienes gentilmente se ofrecieron a ayudar, contándonos sus experiencias en tierra peruana. Fue así cómo nos enteramos de que las playas de más al norte son las que generalmente más se visitan, como Máncora, o Montañitas ya cruzando a Ecuador; que hacia el este hay selva y que luego de cuatro días de travesía en embarcación se alcanza Iquitos, lugar en el que nace el gigantesco río Amazonas. Nos enteramos que ahí se trafican animales de la selva como acá se compran caramelos y que los insectos más pequeños miden como la palma de la mano. De otras averiguaciones paralelas nos enteramos también de la existencia de ciudades limítrofes a Chile, como Tacna, en donde se podían conseguir cosas a precios realmente económicos al hacerse provecho de la carencia de agregados impositivos al producto. Es decir, nos dimos cuenta que un mes no iba a ser suficiente para recorrer todo el Perú, y eso fue suficiente para que nos decidiéramos por pasar allí nuestras vacaciones de enero.

Por cuestiones laborales el viaje se propuso en un principio para el 2 de enero, pero luego de negociaciones, lo pasamos al día 1, y finalmente, tras una serie de pedidos de días laborales a uno y cada uno de los superiores jerárquicos del trabajo, conseguí que se me librara de ir los días 29 y 30 de diciembre. Los planes comenzaban a cambiar y a tomar la forma definitiva. Si en algún momento se había pensado en pasar algunos días en Bolivia, dado el hecho de que teníamos que cruzar ese país para alcanzar Perú, quedó descartado de manera inmediata. La nueva idea que comenzaba a vislumbrarse en nuestras cabezas era un pretencioso año nuevo en la ciudad de Cusco, y para ello, había que aprovechar los días ganados gracias al permiso laboral conseguido.

Fue así como luego de generarle severos trastornos psicológicos a la pobre mujer que nos atendía en la sede de la empresa de ómnibus que contratamos conseguimos cambiar el pasaje al 25 de diciembre a las ocho de la noche. Tras una serie de transbordos de micros y tren alcanzamos Copacabana, Bolivia, el 28 por la medianoche. Con los restaurantes ya cerrados y sin provisiones más que maní, un toblerone y agua mineral, nos dispusimos a cenar en la habitación, pero antes debimos participar en la batalla de las moscas.

Pagar una habitación en Copacabana a tan solo diez bolivianos, es decir, menos de cinco pesos argentinos, tenía indefectiblemente que deberse a alguna circunstancia natural o artificial que impidiera a los dueños aumentar el precio de la misma. Nos quedará la duda de si realmente el precio bajo se debía a que la habitación que nos tocara estaba infestada de moscas o si era económica simplemente porque en Bolivia uno puede cenar todo un menú por el mismo precio. De hecho, y muy probablemente, los dueños del hostal (que recuerdo se llamaba Hostal de la Luna) no habían reparado siquiera en la invasión que atestaba el cuarto en alquiler.

Al entrar y ver la cantidad de moscas que había allí dentro decidimos espantarlas, pero no habiendo logrado el menor éxito luego de veinte minutos de revolear trapos, decidimos dar final a cuanta mosca hubiese en la habitación. Fue así como con un Dorian Gray de tapa dura (prestado por un gran amigo, a quien desde ya le pido disculpas) de arma fuimos dejando las respectivas marcas en cada pared hasta conseguir disminuir la cantidad de insectos a unos pocos. Misteriosamente, cuando parecía que ya no quedaban más, volvían a aparecer nuevos de estos bichos roñosos. Una mente débil podría ver en esto algún carácter místico como que se tratara de alguna de las plagas de Egipto o la resurrección de la carne muerta. Inclusive algún biólogo no actualizado podría haber llegado a plantear que se trataba de un caso de “generación espontánea”. Nosotros, ateos de fe, preferimos no verlo ni como un castigo ni como un milagro ni como una teoría en decadencia, y luego de una serie de pericias efectuadas por el Dr. Fernandez Parral, llegamos a la conclusión de que el hueco del techo, por donde pasaba el cable que sostenía la lamparilla que iluminaba la habitación, era lo suficientemente grande como para que entraran ocho moscas juntas.

Descubierto el misterio, decidimos hacer uso de las tecnologías al alcance de nuestras manos, por lo que con una cinta adhesiva fuimos bloqueando aquella pequeña puerta de acceso. El triunfo fue inminente, y el agotamiento por los extenuantes viajes en tren de Villazón a Oruro, y los micros de Oruro a La Paz y La Paz a Copacabana, sumado al largo conflicto con las moscas, y la ausencia de una buena alimentación, generó que tan pronto como apoyáramos la cabeza sobre el intento de almohada que yacía sobre las respectivas camas, cayéramos en un profundo letargo del que sólo pudimos salir al día siguiente, cuando la habitación se vio cruelmente invadida por un sol mañanero que se filtraba a través de las no muy demasiado opacas cortinas de la habitación.

Al levantarnos y tras sufrir un duchazo de agua helada, salimos a recorrer la ciudad que la noche nos ocultó durante nuestro arribo. Copacabana fue un oasis en un desierto. De venir de pasar velozmente por ciudades como Villazón, un enorme barrio de Once con productos folklóricos made in china, donde turista que pasa es turista que viste casacas, ponchos o pullovers andinos, gorritos collas o pantalones coloridos, o bien compra licores y bombones de países europeos a un precio tercermundista que genera dudas hasta en el más de los despistado, o la ciudad de Oruro, chata y gris, con sus ferias callejeras que impiden caminar tranquilamente por allí, o la ciudad de La Paz, ciudad que impacta por ubicarse en un pozo enorme que contiene miles y miles de construcciones muy semejantes entre sí y que comparten el mismo color ladrillo, nos encontramos en esta pequeña ciudad colonial con el lago Titicaca como vecino y esa tranquilidad tan poco característica de las grandes urbes. Lamentablemente, los tiempos corrían para nosotros, porque de haber podido nos quedábamos un buen rato allí estancados, entre el Titicaca, la isla del Sol y la Luna, la plaza con su catedral monstruosa, y el económico hospedaje ya sin moscas luego del efectivo trabajo realizado la noche anterior.

El viaje prosiguió con el cruce a suelo peruano, desembarcando en la Terminal de Puno, para hacer una excursión a la isla de los Uros, donde unos pseudos-aborígenes viven o fingen vivir en islas flotantes hechas a base de totora (juncos) y raíces de totora en la base, y que comen de lo que les da el Titicaca y sobre todo de los soles que los turistas gastan a diario al visitarlos, al comprar artesanías de totora o al llevarlos gentilmente a pasear en sus embarcaciones y luego de cinco minutos de remar les cobran cinco soles, compitiendo cabeza a cabeza con la injusta bajada de bandera de los taxímetros de Buenos Aires.

En la excursión también disfrutamos del primer guía del viaje, un peruano de campera roja que hablaba un inglés muy básico y hacía chistes como: “El Titicaca es compartido por Perú y Bolivia. ‘Titi’ por el lado peruano, ‘caca’ por el lado boliviano.”

Al final del día, salimos en un micro de mala muerte con los asientos pegados entre sí, sobrepoblado de tal manera que gente debía viajar sentada en el suelo del pasillo y con un baño tan pestilente que mejor hubiera sido que no tuviera, rumbo a la ciudad de Cusco, en un viaje que duró aproximadamente diez horas.

Pese al sufrimiento y la incomodidad, estábamos felices. Era 30 de diciembre por la madrugada cuando sentimos por vez primera el frescor de la noche de Cusco en nuestros cuerpos. Acabábamos de lograr uno de los objetivos propuestos: llegar antes de año nuevo al ombligo del mundo.


El ruso Salzman se rasca el muslo derecho paranoico por los insectos
que convivieron con él durante la noche en el hospedaje de Copacabana.
A sus espaldas, el magnífico Titicaca siendo surcado por numerosas embarcaciones.

sábado, 18 de octubre de 2008

FerchuM y esa rara costumbre de discursear

Ya en reiteradas ocasiones el cinéfilo de Balvanera tintineó una copa, o mejor dicho, un durex, y pidió un minuto de silencio para exponer sus discursos, algunas veces escritos y otras veces, para desgracia de los oyentes, improvisado. Lo hizo en despedidas de fin de año, encuentros del grupo, en su cumpleaños, y hasta pretendió escribir y leer discursos de agradecimientos en aniversarios de otros.
Lo cierto es que para el día de ayer, 18 de octubre de 2008, fecha de su vigésimo cuarto aniversario, FerchuM preparó unas palabras que guardó bajo llave para leer hacia el final del día. Desafortunadamente, por diversos problemas de organización inesperados, no pudo leer el discurso e inmediatamente se comunicó con nosotros a fin de que lo publicáramos.
A continuación, el discurso que debió leer y no leyó el Sr. FerchuM.


Cumplir 24

por FerchuM


Tanto cuando cumplo años como en los días anteriores acostumbro a experimentar sensaciones de todo tipo. Por un lado, me atacan recuerdos, penas, rara vez alguna que otra alegría, también me surgen autoevaluaciones, críticas, comparaciones, cuestionamientos a decisiones tomadas. Y finalmente, la incertidumbre, esa duda eterna de lo que está por venir, ese apostar a que mañana la vida me va a sorprender, los sueños se me van a cumplir, y voy a alcanzar la felicidad, tal vez sin necesidad de haber logrado un éxito a nivel social, pero sí en lo personal.


Si bien mantengo una confidencialidad cuerpo-alma que me impide contarles mis pensamientos más íntimos, hay cuestiones que en estos últimos años salieron a la luz y que no tengo particularmente inconvenientes en comentárselos. Mi percepción a esta altura de mi vida es, rozando lo trágico, una vida de éxito que le pertenece a algún otro y que yo robé descaradamente. Estoy a muy poco de recibirme de abogado y tengo un trabajo de excelentes condiciones, muy vinculado a esa carrera. Lo paradójico, sin embargo, es que ese éxito no me llenó en lo más mínimo, los logros obtenidos fueron aplaudidos, inclusive por mí, pero nunca me colmaron, ni me emocionaron como debían, y eso porque nunca los consideré propios, o si supe que eran míos no eran los que buscaba.


Allá, por los veinte, aproximadamente, tuve que tomar una decisión difícil. Opté por un camino que supe sería largo y lleno de obstáculos, pero al final de ese camino tremendo se abriría una puerta a un nuevo camino, el que yo quería recorrer. En aquella ocasión pude elegir entre ese camino largo o tomar un atajo. La ventaja del atajo es imaginable, resumidamente giraba en torno a la idea de evitarme un sufrimiento innecesario. La ventaja del camino largo era alcanzar una formación que el atajo no me daría, formación que después me serviría para apreciar con otra pasión ese camino al que deseaba llegar y, para el supuesto desalentador de fracasar en ese recorrido, ya sea por no poder recorrerlo en su totalidad o descubrir al final del mismo un abismo, tener al menos un paracaídas de emergencia.


Como no me gustan las alturas, opté por lo seguro. Claro que en el medio podían pasarme cosas terribles como que los doctrinarios del derecho me lavaran el cerebro, que me muriera, o lo que fuera peor, que me consiguiera una novia que me hiciera perder mi sueño en el afán de sentar cabeza y comenzar una convivencia, o, y pensando en esto toco madera, formar una familia joven con hijos. Afortunadamente, ninguna de las tres cosas pasaron. Y de hecho, el riesgo mayor, el de la familia obviamente, no apareció ni remotamente.


Al margen de ello, hoy, con veinticuatro años recién cumplidos, estoy a pasos de alcanzar esa puerta que se abrirá hacia un nuevo camino, el cual sé que tampoco será sencillo, pero que, a diferencia del ya transitado, me brindará al recorrerlo alegría y satisfacción. Espero que una vez alcanzado una parte importante de mi vida mute, y sea para bien.


Gracias a todos ustedes por seguir siempre a mi lado, bancándome en las buenas como en las malas, y por hacerme sentir y saber que en ustedes puedo confiar de manera incondicional.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Historias de vida

La admiración, el recuerdo, el cariño, el pasado y su brutal conexión con el presente y el futuro, son motivos que condujeron tanto a Vani como a FerchuM a escribir, desde estilos distintos y formas diversas, sobre sus seres queridos, en esta ocasión esos héroes luchadores del tiempo y de la vida, los abuelos.
El cuento de FerchuM, "TATA" narra un día en la vida de su abuelo, quien fuera apodado de ese modo. El de Vani gira en torno a una entrevista que le realizara a su abuela sobre su vida.
A continuación, la entrevista de Vani, y haciendo click acá, el relato de FerchuM.

Historia de Vida


La puerta de la casa se abrió lentamente y detrás de ella pude ver a la mujer de ojos verdes profundos que me sonrió y me dio la bienvenida con un cálido beso. Era una mujer de 85 años de edad, cabello castaño y corto, de baja estatura y vestida muy elegante. Me invitó a sentarme en el comedor diario que era el lugar más tranquilo de la casa. Me ofreció algo para tomar y acompañar las masitas que había puesto en el centro de la mesa. Luego se detuvo al lado del gigante ventanal y corrió las cortinas, dejando entrar el resplandor de la luz por la ventana que iluminó toda la habitación. Con su voz suave y sus palabras cordiales me transmitió la confianza que necesitaba para poder preguntarle aquello que ella temía recordar, para lo que verdaderamente yo había ido a su casa: su huída de Alemania en el año 1937 antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial. Ya en esos años el antisemitismo había crecido en las ciudades alemanas, se veía en las calles, en las escuelas, en todas partes. Ruth Boldes tenía 14 años cuando el director de su escuela en la ciudad de Ortelsburg le dijo que no podía ir más, que ya había absorbido suficientes conocimientos para tener una cultura general y que por lo tanto ya no podía concurrir más al establecimiento. La relación con sus compañeros y profesores era relativamente buena. Ruth no recuerda haber sufrido maltratos por parte de sus compañeros y profesores. Pero su hermano, Manfredo, siete años menor que ella, sí lo sufrió en carne propia ya que sus compañeros le pegaban y lo insultaban constantemente.

Después de tener que dejar el colegio, la madre de Ruth no sabía que hacer con ella ya que no la aceptaban en ninguna otra institución. Por lo tanto se contactó con una señora modista que conocía y le preguntó si podía enviar a su hija para que aprendiera el oficio. La señora aceptó sin dudarlo pero al mes llegaron los nazis al taller y le dijeron que si se quedaba “la judía” le iban a cerrar el negocio. Frente a la discriminación que ya se hacía notar fuertemente en Ortelsburg, los padres de Ruth decidieron llevarla a Berlín a vivir con uno de sus tíos. Por aquellos años el antisemitismo no era tan visible en esa ciudad. Allí fue a una academia de modistas donde había mujeres judías siendo Ruth la más jovencita. Aprendió el oficio de modista y también a modelar y dibujar modelos.

Sus padres también sufrieron el antisemitismo en carne propia ya que tenían un negocio de ramos generales y los nazis golpeaban a su padre y escribían en las paredes: “No compren en lo de judíos”. En ese momento la mirada profunda de Ruth voló a otro tiempo, a una noche sombría en la que un hombre se acercó al negocio de su padre y pidió alcohol; ese hombre pertenecía a las fuerzas de asalto nazis, conocidas como las camisas pardas. No le dieron lo que buscaba, entonces golpeó, destruyó, eran judíos…Para ese entonces la familia de Ruth ya había empezado a pensar la posibilidad de emigrar hacia otro país, un lugar donde pudieran estar tranquilos y que no fueran perseguidos. Luego de varias averiguaciones, la Argentina apareció como una posibilidad de escape y salvación para esta familia.

El viaje en tren hasta Francia tuvo bastantes sobresaltos. En la frontera los hicieron bajar, les revisaron todas las valijas y los hicieron desnudar para ver si se habían llevado alguna joya o más dinero del que estaba permitido. La voz de Ruth comienza a temblar y sus palabras se mezclan con una sensación de dolor que le carcome la piel: “Nos revisaron todo, hasta el zapato. ¡No fuera cosa que nos llevásemos un marco de más! Nos desnudaron como presos, como delincuentes”. Sus ojos se llenaron de lágrimas y un silencio cortante invadió la habitación. Ruth se secó las lágrimas con un pañuelo y luego de unos minutos se recompuso automáticamente. Ya cuando llegaron a Francia, respiraron. Estuvieron algunas horas en Marsella y allí subieron al barco que los traería a la Argentina, para ellos, el país que los salvaría del sufrimiento y la muerte. Ruth no sabía que le esperaría en la Argentina, pero ese profundo dolor en el pecho que la paralizaba por unos minutos, ese miedo a la muerte iba desapareciendo lentamente a medida que se alejaba de Alemania, del peligro.

De pronto, Ruth comienza a sonrojarse y a reír. Me pregunto que será lo que recordó que la alegró tanto. Unos minutos después descubro que en ese barco conoció al amor de su vida, al que unos pocos años más tarde sería el padre de sus dos hijos y su compañero en la vida. En ese entonces Ruth tenía 16 años y el “muchacho judío”, 22 años.

Ruth y su familia estaban en primera clase y el joven Adolfo en tercera clase junto a un grupo de amigos que viajaban hacia Uruguay. Todas las noches en el barco, durante la cena, los pasajeros de primera clase recibían una fuente con todo tipo de frutas. Entonces Ruth se llenaba los bolsillos de frutas y bajaba al “underground” donde estaba Adolfo y sus amigos y las repartía. Adolfo bajó en Uruguay pero eso no impidió que siguieran en contacto. Tiempo después él viajó para la Argentina y se casó con su amada.

En la Argentina, Ruth y su familia recibieron la ayuda de la Asociación Filantrópica Argentina, los llevaron a una pensión y les pagaron un mes cama y comida. Así, se instalaron en una pensión en la calle Malabia donde había inmigrantes de diferentes partes del mundo, pero sobre todo judíos alemanes. El padre de Ruth trabajó como vidrierista en el Once y Villa Crespo y su madre fue cocinera en una pensión. Por su parte, Ruth trabajó como modista en un negocio en el centro de la Capital Federal. De a poco fueron aprendiendo el idioma español. Ruth nunca tuvo amigos argentinos. Siempre estuvo rodeada de “su gente”, de otros inmigrantes judíos que se habían refugiado en la Argentina para escapar del antisemitismo que cada vez se hacía más fuerte en toda Europa. Sus movimientos eran como en un gueto.

Cuando Adolfo, el novio de Ruth, llegó a Buenos Aires, se casaron y alquilaron una habitación. Él trabajaba de mozo en el hotel Werthein y Ruth seguía como modista. Pero al poco tiempo de casados, Ruth quedó embarazada de su primer hijo por lo que empezó a llevarse el trabajo a su casa para poder ocuparse de él. Tiempo después, Ruth comenzó a pensar en alguna otra posibilidad laboral ya que en Alemania había aprendido no solamente a cocer, sino también a dibujar y modelar. Fue así que ella y su marido empezaron a fabricar ropa para chicos y bebés. Adolfo vendía en el hotel Werthein y Ruth recorría las calles del barrio y ofrecía la ropa a sus vecinos. Desde un primer momento los diseños fueron muy bien aceptados por lo que fueron creciendo cada vez más hasta que tuvieron una pequeña fábrica de confecciones para niños. Adolfo dejó de trabajar de mozo para ocuparse de lleno junto con Ruth a la fabricación en el taller. Él se encargaba de la parte administrativa y ella de la confección. Unos años más tarde nació su segunda hija.

Ruth conserva hasta hoy un perfecto acento alemán, como si nunca hubiera dejado su país natal. Pasaron muchos años para que se sintiera en condiciones de volver a Alemania y cuando lo hizo no se sintió en ningún momento alemana sino una turista que habla muy bien el alemán. Cuando llegó a Berlín Ruth tuvo la curiosidad de volver a ver la casa donde había vivido con sus tíos, de quienes no supo nada más desde que inmigró a la Argentina. Entró a un bar en la esquina de la casa y le preguntó al dueño quien podría saber algo sobre esa casa, sobre sus tíos. El hombre le dijo que un viejito vivía allí y que él seguramente iba a darle alguna información al respecto. Ruth se acercó lentamente a la puerta pero cuando estuvo a punto de tocar el timbre, dio media vuelta y se fue. Tenía miedo de lo que le pudiera decir aquel viejito sobre sus tíos. A donde nunca pudo volver Ruth es a su ciudad de origen, a Ortelsburg aunque al día de hoy ya no es parte de Alemania sino que se anexó a Polonia.

Ruth cierra la cortina del ventanal y el resplandor de la luz que iluminaba la habitación comienza a desaparecer. Se aleja de la ventana y se acerca hacia mí. Me mira fijamente y con una señal de afecto y alegría me da un beso y me agradece mi interés por su historia. Mientras me estoy yendo de su hogar todavía siento su mirada en mí, me doy vuelta, la saludo con la mano y la puerta se cierra lentamente dejando detrás a la mujer de ojos verdes profundos que me sonrió y me dio la bienvenida con un cálido beso.