Los nefastos Creadores de Mitos aseguran que no son casuales sus apariciones en el grupo, sino todo lo contrario: al parecer, las mismas ocurrirían a partir de una serie de intrincadas variaciones de poderes metafísicos tales como flujos cósmicos, magia negra, almas de duendes errantes, secretos numerológicos indescifrables, sueños que reproducirían el video de Pamela Anderson con su ex en el bote, etc. A partir de esta mixtura de sensaciones, poderes, fluctuaciones de la matrix, se dan sucesos de carácter inexplicable como que un bebé bostece en Santiago del Estero y produzca un vendaval en el río Tigris, o que Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón se alineen y permitan que Venus deje de ser codificado. Justamente, entre esos fenómenos, los Creadores de Mitos ubican las apariciones de Facundo en las salidas del grupo Pelle.
"-Técnicamente vivo en Congreso -explicó Facundo mientras comía las almendras peladas que guardaba dentro de un tupper.
-No, tu casa queda en Balvanera -lo corregí.
-No, no, porque Balvanera termina antes, ponele que en la esquina de mi casa. Como yo estoy pasando la calle Rincón, soy de Congreso.
-Estás inventando. Congreso no existe. Te lo puedo aceptar como subdivisión dentro del barrio de Balvanera. Pero no es técnico, sino más bien una cuestión de costumbre. Seguramente para los vecinos del Congreso de la Nación era más fácil recordar "Congreso" que "Balvanera", que por cierto suena como si un chino hablara de un pirata, ¿no te parece? "Balva-Nera, el pilata".
Facundo me respondió sonándose fuertemente la nariz. Asumí que su sinusitis crónica a modo de respuesta significaba que no me iba a felicitar por la ocurrencia estúpida que acababa de tener.
-Bueno, pero a ver, decime por qué para vos técnicamente se denomina "Congreso", ¿en qué te basás para ir en contra de la identidad de tu barrio? -arremetí enseguida.
-En la "Guía T" aparece el barrio de Congreso. -Estas palabras actuaron como si me levantara su brazo izquierdo y le cruzara el derecho por detrás al grito de "Tomá".
-Mostrámela -logré decir después de salir del estupor que me produjo ese as que escondía en la manga.
-Acá no la tengo.
-No importa, igual si dice eso está equivocada.
-La "Guía T" no se equivoca nunca.
-¿Cómo que nunca? ¿No te acordás la vez que quisimos ir a lo de Carolina, y nos bajamos en cualquier lado?, Pedro Morán, Agronomía... casi perdemos el orgullo por bajarnos donde lo hicimos...
-En aquella ocasión la Guía T nos confundió, pero no estaba equivocada. Es como el oráculo de Delfos: no miente, engaña. Además, no es el libro el que nos miente, sino aquellos que hacen su interpretación.
-No sé si tenés razón, pero suena bastante coherente, y hasta con un dejo filosófico. Al fin y al cabo, cuando querés podés hacer frases inteligentes, ¿viste?
Facundo calló. Nunca volveríamos a hablar del tema. Un año después escuché la misma frase en la primera temporada de una serie de la que Facundo era fanático".
La amistad forjada a partir de la poca destreza de uno y cada uno de los miembros del equipo voleybolista se trasladó entonces al deseo del pequeño muchacho de cortos cabellos y delgados músculos a abandonar su división (una manga de zátrapas fantasmales que ningún miembro de cualquier otra división del mismo turno podía identificar, con el perdón de Agustina, que también proviene de esa división misteriosa), y decidió pasarse a la Primera.
A partir de ahí, Leandro, el racinguista, comenzó a sumarlo a los viajes marplatenses que organizaba en su casa de Rivadavia y Entre Ríos, frente al Supermercado Toledo. Allí, Facundo logró demostrar que el mar no era su fuerte (nunca tocó su agua), que el sol tampoco era su fuerte (iba a la playa con pantalones largos y buzo polar), y que ponerse protector solar tampoco era su fuerte (el modo de aplicación era colocarse una gota de protector 60 sobre la yema de su dedo índice y frotarlo lentamente por cada milímetro cuadrado de las partes a la intemperie). Su lentitud no solo se repetía también a la hora del duchazo, el cual le llevaba alrededor de una hora y media, sino también a la hora de comer, de manera que los demás podían cenar, bañarse, ver la trilogía del Padrino (versión extendida), e irse a acostar, y con suerte si él terminaba para entonces con su plato.
Fue en uno de esos viajes donde confesó que le gustaría tener un país donde pudiera ofrecer felicidad a cambio de la libertad de los habitantes. Explicó que los mensajes subliminales harían un gran trabajo, y desarrolló una idea igual de tenebrosa que "1984" de Orwell o "Un Mundo Feliz" de Huxley. Su pasión por conquistar el país Chukchi en el TEG, así tuviera que gastar todas las tropas de su ejército, lo condujeron a autocoronarse "Rey de Chukchi" y así surgieron sus planes imperiales para la dominación del mundo. No están leyendo la historia de Pinky y Cerebro, pero...
No se sabe a ciencia cierta si el paso del tiempo logró modificar determinados pensamientos sostenidos en aquella época. Por lo pronto, es seguro que su idea de realizar cinco carreras a la vez y terminarlas todas en cinco años, ya no debe ser sostenida dado que no ha logrado terminar siquiera una en cinco años, convirtiéndose la materia de Derecho "Contratos Civiles y Comerciales" su mayor karma de los últimos años. Es nuestra mayor esperanza que todas esas ideas alocadas se las haya llevado el viento, en lo posible lejos de nuestro país, y ojalá del mundo entero.
Quedan muchos temas por tratar que por cuestiones de longitud y tiempo merecen una publicación especial. Es así como por el momento aún seguirán pendientes leyendas como las de su amor callejero, que le brindaron el mote de "el semental", su evolución en la Organización en Mensa (una organización que pese al nombre, reúne individuos con elevadísimos coeficientes intelectuales y les permite jactarse una vez por semana de sus dotes intelectualoides) hasta alcanzar la presidencia, la dieta de la morcilla, etc.
Como puede verse, si de leyendas se habla, Facundo es una fuente prácticamente inacabable de tales, y aunque siempre parezca que su presencia en el grupo se diluye hasta casi desaparecer, en ese preciso momento en que uno ya deja de pensar en que lo va a ver, cae de sorpresa y deja en evidencia que, al igual que el sol, aunque no lo veamos, siempre está.