Nueva portada

El dibujo de la portada del blog fue realizado con el mayor de los cariños por FerchuM, quien se hace responsable de las críticas que puedan existir contra los garabatos antes mencionados.
La obra es en papel A4 borrador del laburo (detrás hay un proveído que el juez nunca firmó), y la pintura es a base de lapicera negra parker, birome bic negra y liquid paper gastado.
Téngase en cuenta al momento de la crítica que este miembro del grupo carece de conocimientos de dibujo, de caricatura, de perspectiva, de arquitectura, de filosofía, de política, de negocios... resumamos en la idea de que carece de conocimientos en general.
Por otra parte, si ud. es miembro del grupo y no se encuentra en el dibujo no implica que haya sido olvidado, sino que es cuestión tal vez de abrir un poco la imaginación y pensar: "mmm... ¿ese seré yo?"

jueves, 11 de febrero de 2010

Frialdad: encuentro cercano con el glaciar Perito Moreno y con la gente de El Chaltén

Usamos el auto todo lo que pudimos, casi hasta para ir al baño. El Ford K rentado era una suerte de bendición, que además de evitarnos trepar las empinadas calles de Ushuaia y transportarnos de un rincón del parque nacional a otro, nos sirvió para hacer una de las excursiones más esperadas del viaje, la visita al coloso de hielo, el glaciar Perito Moreno.
Cómo describir con palabras la soberbia de ese glaciar, si ni siquiera las fotos ni las filmaciones consiguen retratar la realidad, una realidad tan irrepetible como las cataratas del Iguazú, el Talampaya, el Macchu Picchu, etc.
Cuando llegamos a la pasarela, desde donde pudimos hacer avistaje desde distintos ángulos y alturas, lo primero que hicimos fue escabullirnos entre extranjeros de todas las nacionalidades y conseguir fotografiarlo, pero por más que intentáramos, los colores que lo componen, con sus tonalidades de blanco y celeste se volvían más y más inalcanzables. Para colmo, aparecer alguno de nosotros delante del glaciar generaba un cambio de balances de blanco que volvía al monumento natural indiscernible en un fondo blanco que acompañaba nuestros rostros. En la desesperación por conseguir captarlo logramos lo que los manuales Canon y Sony no consiguieron: que aprendiéramos a usar nuestras cámaras digitales. Recién ahí el glaciar se dejó robar algún que otro color.
De cualquier manera, personalmente no pude dejar de sentir un estremecimiento producto de tristeza y piedad por aquel majestuoso monstruo de picos y paredones glaciales que tronaba con la gravedad de un trueno y escupía fragmentos de sí mismo al lago Argentino. No pude dejar de sentirlo como una bestia prehistórica mortalmente herida, luchando contra sí mismo para no desarmarse por completo y perecer en su propio derretimiento, en su propio llanto. Desde ya que su muerte no es inminente si se la compara con la corta vida humana, pero la estocada ya fue dada, y ahora por cientos de años, el coloso se ira desmoronando, tronando su desgracia.
Tal vez suene ridículo, pero pese a su cautivadora belleza, lo sentí un espectáculo triste, un estrago de la inconciencia del ser humano, una injustificada destrucción de nuestro propio hogar. Trato de hacer la vista gorda, de pensar en que es algo que me supera, y no puedo dejar de cuestionarme si realmente me supera, si nos supera a todos. Y abandonando estas reflexiones a fin de evitar convertir la crónica en un manifiesto ecologista, retomo nuestra excursión.
La estadía en el parque fue breve, quedándonos incluso con las ganas de subirnos a una lancha o catamarán o lo que fuera, que se acercaba a la gigantesca pared de hielo, por estar corriendo con el tiempo para devolver el vehículo, armar las mochilas, desarmar las carpas y subirnos al micro que nos dejaría en El Chaltén.
Mas o menos, la velocidad con que lo cuento se asimila a los acontecimientos, que de buenas a primeras nos ubica en la ciudad del monte Fitz Roy, en un atardecer con un cielo prácticamente de acuarela. Quizás un poco esperanzado aún, no me doy cuenta de que se acercan los días de oscuridad (por la suciedad de no ver una canilla ni una ducha por días), pero no quiero adelantarme en los acontecimientos.

Después de los precios irregateables de El Calafate y tras haber cumplido con la impresionante visita al famoso glaciar Perito Moreno, finalizó la primera etapa del viaje, aquella de comodidad a raíz del auto alquilado, y comenzó el de los circuitos de trekking desde el Chaltén, con las implicancias que esto mereciera.
El pueblo de El Chaltén es, hablando mal y pronto, un caretaje del mismo nivel que el Calafate. Todos los habitantes buscan hacer dinero a toda costa sin importarles la situación, edad y origen de nadie. Si bien es bonito carece de mérito de haberse convertido en lo que es con el transcurso de su historia (de la cual prácticamente carece por ser el pueblo fundado más recientemente en el país), y al estar pensado al solo efecto del turismo europeo le brinda encima un carácter detestable y vergonzoso. Ello, sumado a su poca poesía, a su falta de humanidad, en donde la única emoción es brindada por el Fitz Roy, que en sectores del pueblo no es observable por hallarse oculto tras un cerro.
Cabe destacar también la actitud de los habitantes, propia de máquinas expendedoras de boletos que prefieren no vender antes que disminuir los abultados precios, consideran que los pagos de un extranjero con buen nivel económico debe ser similar a la de un estudiante argentino. Y es que siempre está presente la opción, por supuesto, de no pagar lo que cuesta el camping organizado, y pasar la noche en el camping libre, al que se accede tras subir durante dos horas la montaña, dentro del Parque Nacional Los Glaciares, y hasta la posibilidad de elegir entre quedarse ahí o seguir caminando y alcanzar alguno de los otros campings existentes. Para dar cuenta de los negociados existentes, vale aclarar que antes existían dos campings libres en el pueblo, pero por disposición de la “intendenta” “presidenta de la junta comunal” o lo que fuera, de El Chaltén, ambos fueron cerrados y solamente quedaron los dos campings organizados en la montaña.
Impedidos de subir al momento de llegar al camping libre, y tras averiguar el precio del primer camping, en el cual la mujer que lo atendía se negó a hacernos un descuento y apoyó nuestra causa con las palabras: “Yo en su lugar, haría como ustedes, buscaría el lugar más barato para acampar, no sé cuanto cuesta el otro camping, pero ‘averigüen’, ‘avirigüen’”.
Dormimos una noche en el camping organizado vecino al de la señora, que costaba lo mismo (vaya casualidad) y con la diferencia de que tenía agua caliente las 24 horas, cosa que no ocurría en el primero. Antes de emprender a la mañana siguiente el ascenso al camping libre, oímos dentro de la Administración del camping en el que paramos que a los que paraban en el camping con auto les correspondía abonar un plus por el rodado, y que a un grupo de personas que pedían permiso para usar una parrilla para hacer un asado, y sin intenciones de armar una carpa para quedarse a dormir, les exigían la mitad de lo que cuesta la estadía por persona a cada uno de los comensales.
Decididamente asqueados de los negocios, de que no haya señal para los celulares, que los ciber no permitiesen bajar el Skype (un programa para hablar por teléfono por Internet, que es gratuito), que los dos campings libres de la ciudad hubiesen sido cerrados permitiendo que los dos organizados hicieran lo que quisiesen, nos calzamos las mochilas y nos dirigimos a la montaña, puntualmente a la laguna Capri donde dejaríamos la carpa armada y desde donde partiríamos rumbo a las sucesivas caminatas.


Epígrafes:
Foto 1: Vista de la magnitud del glaciar Perito Moreno.
Foto 2: Una de las paredes del glaciar, con su color característico. El hielo que parece desprenderse y que sin embargo está por el momento firme, formando una V de la victoria consigue que algunos visitantes confirmen que que el glaciar es nacional y popular.
Foto 3: El atardecer en El Chaltén casi roza la pintura.

Cierro esta crónica con un tosco poema dedicado al Glaciar Perito Moreno que recojo de entre mis apuntes y dibujos:
Antiguo habitante del tiempo
soberano hielo del mundo
pared glacial de la historia
oigo tronar los lamentos,
rugidos de herida mortal,
que tu vejez desgrana
en la gélida paz que te arrulla.
Perdiste la soledad en que naciste,
te adulan quienes te traicionan,
entre flashes y filmaciones
el hombre retrata tu decadencia,
la gravedad de tu joven herida,
la pérdida de tu inmortalidad.
Estimado coloso con huesos de cristal,
tu fractura conmueve mi frágil andar.

jueves, 4 de febrero de 2010

Gastronomía Fueguina

Madrugar a raíz de la música de los descerebrados que habían llegado la noche anterior, nos permitió visitar unas sendas más antes de volver a Ushuaia, y debido a que nos encontrábamos constantemente a contrarreloj a causa de la necesidad de devolver el auto alquilado en El Calafate, con los chicos logramos convencer a Teseo para que dejara el famoso “Guanaco” para otra oportunidad. Eze lo aceptó muy a su pesar, y no obstante mi negativa, aprovecharon parte de la mañana para recorrer el sendero de Pampa Alta y el Valle del Río Pipo. Yo, por mi parte, me incliné hacia la lectura y la reflexión.

Ni bien se alejaron por el boscoso sendero, los subnormales detractores de la naturaleza volvieron a la carga con dosis de reggaeton y cumbia, logrando que mi lectura se torne costosa y difícil de asimilar ante banal competidor que habla de sexo, droga y frases zonzas y patéticas que se tornan pegadizas a base de la constante repetición, y se refriegan por el cerebro al punto de secarlo y dejar al individuo en una suerte de pseudo-lobotomía que en ocasiones consigue que uno se descubra tarareando sus ritmos de dos acordes, si es que los llega a tener.

Tras lanzar un par de gestos de bronca que de seguro no logran visualizar por la distancia, decidí abandonar mi ubicación e internarme en el bosque. Junto a un arroyo la música se tornó lejana, convirtiéndose en un bajo constante retumbando de la tierra. Si bien la ubicación escogida no me convencía lo suficiente, tampoco podía alejarme demasiado ya que las llaves del auto estaban en mi poder, y si bien los muchachos se habían ido por ese camino en el que me encontraban, no tenía la certeza de que regresaran por el mismo lado.

Me senté junto al arroyo y comencé a leer. Nuevas preocupaciones: mosquitos. Sin embargo, los preferí con dengue y todo antes que ese compilado de grasa que andaban escuchando a todo volumen la manga de retardados.

Con el regreso de los demás, hicimos el sendero de la cascada del río Pipo y nos volvimos a Ushuaia.

Era domingo, dos de la tarde y teníamos un hambre devorador producto de haber comido la noche anterior un arrocito “azafranado” con conservantes con aroma a paella. Por suerte, Ernest, con un olfato magnífico, nos guió a un local con una variedad de empanadas nunca antes vista y así logramos saciar nuestros estómagos, y quedar en condiciones como para viajar a Tolhuin, que está cerquita de Ushuaia, prácticamente después de unos kilómetros de curvas y contracurvas con paisajes de cerros nevados y mucho verde y lagos.

Como debíamos pasar la noche en dicha localidad, nos dirigimos a un camping. El dueño pretendía una suma por persona que Eze rechazó sin reservas. Pese a nuestro asombro por el precio, el bigotudo que nos atendió, que sospechamos de tendencia germanófila, no cedió y nos indicó que de querer pagar menos podíamos ir a un lejano camping que habíamos visto desde la ruta. Este rechazo nos dio inmediatamente la pauta de que el bigotudo la levantaba en pala y que no cargaría en su conciencia no haber dado una parcelita a unos argentinitos ratones. Insistiendo en que pagaríamos la suma si se ampliasen los beneficios que el camping otorgaba, solo al efecto de poder intentar convencer a Teseo, el bigotudo pisó el palito y largó el rollo, soltando la piedrita que guardaba en el zapato. “En el camping del sindicato de comercio creo que cuesta cinco pesos por persona”. Por primera, y tal vez única vez en el viaje, la testarudez de Eze consiguió lo que los regateos y contraofertas de Ernest no lograron.

Efectivamente, el camping manejaba ese precio y tenía lugar de sobra. Además, contaba con beneficios que el encargado del camping del sindicato, un tipo bondadoso con panza de asado, nos informó, desde permitirnos ubicar la carpa en un refugio con techo a dos aguas para evitar el viento y la lluvia, calentarnos agua sin costo alguno para unos mates, e incluso ante nuestro pedido de agua caliente para ducharnos prendió la bomba para que pudiéramos bañarnos. Graciosamente, Eze, urgido de asearse, no esperó el tiempo suficiente para que la bomba cargase y se arriesgó a una hipotermia.

En cuanto a la comida, después de la cantidad de empanadas del almuerzo, Ernest había considerado cenar algo livianito, de paso para no perder la costumbre, y había negado rotundamente la posibilidad de un asado. “Cuando estemos en el Chalten…” prometía pensando en los corderos patagónicos que seguramente serían regalados en aquella zona. Y es que después de su viaje a Cushamen, lo único que realmente lo motivaba era poder hacer un cordero o un chivo al asador. Pero resultó que, mientras yo buscaba el refugio con el suelo menos pedregoso y con menor inclinación, me encontré en el interior del último intento no sólo el lugar más apto sino que además la señal que Ernest estaba esperando. Sobre el suelo del refugio yacía una cruz de hierro de asador.

Inmediatamente, corrí hacia Ernest y le conté el hallazgo, y como sus oídos no daban crédito a lo que oían, fue a verlo con sus propios ojos. La lejana posibilidad se convertía en un santiamén prácticamente en certeza. En ese camping, para colmo, teníamos leña ilimitada, chapas para proteger del viento y el bonito asador.

Ezequiel lanzó su caballito de batalla, como quien retruca cuando siente que el partido se le va de las manos. “Pero ¿qué hora es? Me parece que deben ser como las siete y media, y estaría bueno que nos fuéramos a dormir temprano”. No obstante, inmediatamente salté con mi celular en la mano dando la hora exacta: ¡eran las seis y cuarto! Había tiempo para hacerlo.

Solo quedaba un impedimento en pie además de convencer a Eze (lo cual no nos preocupaba porque estábamos dispuestos a obligarlo): conseguir el cordero. Ernest y Teseo fueron a su busca y al rato regresaron exitosos, habiendo Añadir imagenconseguido milagrosamente un pedazo que no estaba congelado y de esa manera nos despedimos de Ushuaia a lo grande.

Como para no perder la costumbre de las músicas, tuvimos la suerte de que justo al lado nuestro vinieran un grupo de amigos a pasar una noche de camping, escabio y reggaeton, cumbia y similares y Eze rezongó hasta que me dormí. Creo que incluso por la noche fue a enfrentarlos, según comentara a la mañana siguiente, pero con calcitas y todo, esta vez la música apenas bajó y no le quedó otra que dormirse con la música ajena sonando.

A la mañana siguiente, la música seguía sonando y tras desarmar la carpa nos dirigimos a la panadería “La Unión” donde compramos cosas ricas que desayunaríamos con el mate en el día de viaje que nos esperaba rumbo a El Calafate.


Epígrafes:

Foto 1: El ruso y Fer en el camping del Sindicato de Comercio distribuyen las chapas para evitar que los fuertes vientos no afecten la cena.

Foto 2: El refugio en el que ubicamos la carpa dentro del camping.

Foto 3: El ruso limpia la única cruz que se anima a tocar, la del asador, y manifiesta que a diferencia de todos los católicos, su bautismo fue con fuego y no con agua. "Cielo o infierno? Infierno toda la vida. En el Cielo no hay humo, por lo que estoy seguro de que no comen asado.".

martes, 26 de enero de 2010

Las caminatas al Glaciar Martial y en el Parque Nacional Tierra del Fuego

El año nuevo en Ushuaia, el fin del mundo, según le dicen, nos dejó con un sabor amargo en la boca. Después del asado que comimos bajo una llovizna intensa que, por momentos, se podía llamar lluvia, y habiéndose las manecillas del reloj marcado las doce el cielo se mantuvo apagado, como una noche cualquiera. “Es que acá hay muchas casas de maderas, por lo que los fuegos artificiales están prohibidos”, nos explicaron.
De cualquier manera, la alegría de las vacaciones y del fin del año y la esperanza de uno mejor, fueron suficientes para enfrentar tanto la lluvia que caía cuando se le daba la gana, y por lo general era en los momentos menos deseados, o ante algunos pedazos de carne gomosa que servían para sacar músculo en la mandíbula.
Una vez finalizado nuestro brindis con licor de chocolate con menta, salimos en el auto hacia un bar, en busca de fiestas. El pub irlandés al que entramos, si bien parecía divertido, fue una lágrima, por lo que siguió una desesperada búsqueda de boliches, sobre todo de parte de Ernesto, a quien habiéndole subido el licor de chocolate con menta al cerebro quería descocar y terminar la noche abrazado a una mujer o símil, y de última a una botella.
Desafortunadamente para él, la búsqueda se tornó infructuosa y tras su despavorida huida al enterarse el precio del último reducto de esperanza, el boliche El Náutico, desaparecieron sus intenciones de festejar el año nuevo entre luces de colores y reggaetones de letras berretas.
En resumen, el año nuevo comenzó con un madrugador despertar que nos hizo aprovechar el día al máximo. Por la mañana hicimos el sendero de la baliza, un circuito desde la costa del Beagle frente al territorio chileno, que se introducía por bosques y praderas siempre con vistas increíbles hacia el canal; y por la tarde viajamos en auto hasta la base del Glaciar Martial desde donde emprendimos su ascenso hasta alcanzar un punto en el que decidimos tomar unos mates sumergidos en la humedad de una nube que descendió sobre nosotros.
El día siguiente abandonamos el camping y nos internamos en el Parque Nacional Tierra del Fuego, donde pasaríamos una noche en camping agreste, sin pagar más que el acceso al Parque.
Antes de instalarnos, aprovechamos para recorrer un par de senderos: la Bahía de Lapataia, un mirador de aves donde solo vimos uno con cuello blanco en la lontananza y que por hallarse entre los pastizales sólo veíamos su cabeza y cuello, que repetía un movimiento sincronizado que nos hizo dudar si no sería un animatronic del estilo de las películas de Spielberg.
Hasta entonces los pies, aunque cansados venían respondiendo más o menos bien, la espalda de Ernest amenazaba con quebrarse como una rama seca y Eze “Teseo” Birman estaba hecho una fiera que quería subir todo lo que fuera posible. Esto generaba una controversia de compleja resolución: por un lado Eze, conductor y por lo tanto controlador del poder, deseoso de realizar la subida al cerro Guanaco, al que también llamamos Huanchaco, Monte Chingolo, etc., que en total implicaba para la subida y bajada unas cinco horas mínimo; por otra parte, los Fernandos, conmigo como líder detractor de la idea, que aún sabiendo que la vista debía ser maravillosa desde arriba de todo, era realista de su imposibilidad física de subir siquiera a un hormiguero; y Ernesto y su dudosa espalda, en un término medio, jugando con su indecisión.
El autoritarismo birmánico desoyó a la mayoría de tres a uno que pretendía hacer el sendero de la castorera y manejó hasta la base del cerro Guanaco, cuyo inicio era compartido por la senda al hito XXIV. Afortunadamente para la mayoría, en el punto de bifurcación del sendero yacía un amenazador cartel que además de mencionar la necesidad de calzado adecuado y ropa cómoda (que varios carecíamos, sobre todo Ernest y sus chinelas agujereadas y yo y mis zapatillas sin plantillas), indicaba la recomendación de ingresar antes de las doce del mediodía. Lamentablemente para Monsieur Birman, eran las tres de la tarde o más tarde y no quedó otra opción que el hito XXIV, es decir, la caminata hacia el límite fronterizo con Chile, al cual se accedía bordeando la costa de un lago, pasando por bosques con árboles tumbados por el viento y otros que crujían sobre nuestras cabezas. La caminata aunque sencilla era larga y le dedicamos unas horas en ir y volver.
Los pies comenzaban a doler.
Una vez finalizado el recorrido, con Ernest hicimos exigencia de nuestro vulnerado derecho, consiguiendo ser llevados al recorrido de la castorera donde no vimos ni un castor, pero sí sus obras de ingeniería hidráulica, a la vez de nos que nos informamos sobre su intrusión en el ecosistema a raíz del hombre y los perjuicios que ello implicó.
La última caminata del día fue una senda “interpretativa” de la Laguna Negra, en donde no encontramos ni psicoanalistas ni lingüistas o semiólogos, sino unos carteles educativos que enseñaban lo que era un turbal y que no viene al caso que lo explique.
Tras la presencia de un zorro, el armado de la carpa y cenar un plato de arroz nos acostamos para relajar los doloridos cuerpos y descansar bajo el apacible manto de la madre naturaleza, y esas composiciones musicales compuestas por agua de un arroyo, el viento agitando las ramas de los árboles y hasta los sonidos apenas imperceptibles de los insectos. Hasta que de pronto fuimos víctimas de unos desgraciados sin gusto, atentadores del estado de naturaleza, asesinos de paz y contaminadores de la calma y la dulce melodía natural, que llegados con, a falta de una, dos camionetas, pusieron en sus estereos música electrónica a elevados decibeles cagándose impunemente en todo. Amen de nuestra bronca, que no era poca, Teseo, todavía inyectados los ojos de sangre por no haber podido escalar su deseado Guanaco, salióse de la carpa cual bestia embravecida y en blancos calzones largos pidioles con cierto tono de exigencia que apagaran aquella detestable antinatural sintética música para poder descansar. Se desconocen los pensamientos de aquellos imbéciles de poca altura mental que obedecieron al mandato birmánico. Tal vez sintieron que realmente era un horario inadecuado para semejante volumen. Prefiero creer que la verdadera razón de su obediencia inmediata fue la furtiva mirada de un Teseo salido de las casillas enfundado en una suerte de calzas blancas.


Epígrafes:
Foto 1 der: El ruso Salzman ahumándose en pleno intento de hacer el fuego para el asado de fin de año, bajo la llovizna.
Foto 2 izq: Representación fotográfica de los vendavales que enfrentó el grupo en el camino de la Baliza.
Foto 3 der: El grupo completo posa tras haber ascendido al Glaciar Martial.
Foto 4 izq: En el Parque Nacional Tierra del Fuego finaliza la ruta 3 (la Panamericana). Teseo, por motivos que se desconocen, se tira al suelo y hace gestos al cameraman (en ese momento, el Ruso Salzman).
Foto 5 der: Miembros del grupo junto al hito XXIV. Sus rostros buscan contener la decepción por haberse encontrado un triángulo naranja como hito.
Foto 6 izq: Demostración de habilidad del Ruso Salzman para revivir el fuego que calienta nuestra pobre alimentación.

domingo, 17 de enero de 2010

Patagonia 2010: Comienza la aventura

La mañana nos encuentra sumergidos en profundas calmas de films mentales, en funciones oscuras que proyectan nuestras mentes y que no solo rara vez se repiten sino que incluso contadas veces terminan. El quiebre es paulatino en mi caso, que de a poco regreso a mi cuerpo y doy cuenta que me rodea una bolsa que me hace gusano, dentro de una carpa junto a mis compañeros de viaje, Ernest "Ruso Salzman" y Ezequiel "Teseo" Birman. No es la primera vez que madrugo, estoy habituado a ese castigo. Intento vanamente despertarlos, pero el triunfo será de una chillona y tosca alarma de celular que suena al otro lado de la carpa.

Estamos en el camping El Ovejero de El Calafate, al cual llegamos luego de ser practicamente los que cerramos el Aeropuerto Armando Tola, una pequeña estructura de alto vuelo. De ahí a la ciudad tuvimos que contratar un económico taxi que nos costó ni más ni menos que ochenta pesos.

La planificación para el día, organizada antes de acostarnos, se pone automáticamente en marcha. Habiendo dormido lo necesario para emprender el viaje en auto rentado, de reducidas dimensiones engullimos unos panes milagrosos para engañar ligeramente la hambruna producto de saltearse una cena y salimos rumbo hacia el sur, a 800 kms nos esperaba el próximo destino: Ushuaia.

A medida que avanzamos, los paisajes se tridimensionan y las conversaciones derivan en temas de cualquier tipo. ¿Adonde vamos? Tal vez no lo sepamos con exactitud. Nos dirigimos a Ushuaia pero probablemente esa respuesta sea bastante incompleta como para dar cuenta de nuestros conocimientos. Solo sabemos que cruzamos ciudades, fronteras y un estrecho marítimo bajo un cielo que va adquiriendo las más variadas tonalidades a lo largo del día, desde un intenso azul a un celeste salpicado de nubes blancas a un cyan verdoso que irá ennegreciéndose a medida que el sol se retire a sus aposentos, tras los cerros nevados del oeste. También veremos los cambios en los climas y la vegetación, que de unas tierras desérticas de pastizales xerófilos se irán transformando a lo largo de kilómetros en un culminante e impenetrable bosque de pinos y fríos árboles de madera blanda.

Pienso que la naturaleza consigue lo que dos pueblos no lograron, unirlos en semejanza natural, en parte del mismo mundo. Mientras el poder y la ambición se esfuerzan en diferenciarnos, ya sea a través de conflictos, guerras o símbolos estúpidos, la naturaleza deja al descubierto una mirada más sabia y probablemente más humana, la eterna igualdad.

El ripio en el lado chileno nos demora. Ezequiel maneja con sumo cuidado el Ford K 2009, y a cada ruido producto de golpes de piedras que saltan contra el chasis del auto, por mínimo que sea, lanza una sarta de blasfemias y reduce la marcha. Es que como el auto es alquilado, constantemente viene a su mente la imagen de la señora “parca pero gentil” de la agencia a la que, de seguro, no le hará gracia alguna ningún tipo de abolladura ni pinchadura de tanque de nafta.

Por suerte alcanzamos el territorio argentino y su ruta asfaltada, y en esa mitad de la isla, la ciudad de Río Grande, Tolhuin y luego de unas curvas y contracurvas en plena noche que Ernest consiguió pasar sin dejar de crisparnos los nervios y jugando a ser un corredor de Formula 1 en el circuito de Mónaco, llegamos a Ushuaia. Allí nos encontraríamos con Fernando, un compañero del secundario de Ernesto, quien por mensaje de texto nos diera las coordenadas exactas para que fuéramos a buscarlo y de esa manera completar el grupo.

Con el auto recargado, comenzamos a trepar por las calles de la ciudad del fin del mundo en busca de un camping donde pasar la noche. El primero en aparecer fue el camping “La pista del Andino” que tenía un costo excesivo pero que más adelante descubriríamos que se justificaba pagarlo y nos quedaríamos dos noches más. Ernest, sacando su lado turco, se acercó al dueño en busca de una rebaja, ejercitando su famoso y tan perfeccionado por los viajes anteriores “regateo”, pero la sorpresa fue tal ante la negativa que no pudo siquiera disimular su consternación y enojo.

Al día siguiente descubriríamos que desde donde nos habíamos ubicado teníamos una vista de parte de la ciudad y hacia arriba un cerro con un espacio libre de árboles que en invierno se transforma en pista de esquí. Por lo demás, el camping estaba equipado con agua caliente, agua potable, cocina con gas, proveeduría con precios para europeos y una parrilla junto a la carpa, desde la cual Ernest comandó nuestro contraasado de fin de año, dado que los administradores del camping cobraban $100 la cena de fin de año, que consistía en asado libre, no incluía bebida salvo por la sidra del brindis y una mesa dulce. Desde ya, los precios para cohabitantes del país eran similares a los que se les cobraba a los europeos, porque, claro, sería injusto para ellos, sería “desigual” según la política de uno de los dueños del camping. Simpáticamente, olvidaban que los pobres europeos cobran sus sueldos en euros y pagar esa suma por una cena era para ellos una ganga, mientras que para nosotros una patada en las bolas. Pero dejamos que sean felices con sus adorados europeos que les daban las ganancias que andaban buscando, e hicimos la nuestra.

Como se verá más adelante, salió bien pese a todo.


Epígrafes:

Foto 1 izq: FerchuM en el estrecho de Magallanes se la da de facherito y no le sale.

Foto 2 der: Teseo finge que comanda la balsa que cruza el estrecho.

Foto 3 izq: Fer en la Pista del Andino. Detrás suyo se aprecia el hueco hecho en la montaña para hacer el famoso esquí en invierno.

Foto 4 der: El ruso pasa junto al Ford K que nos acompañara en este comienzo del viaje


miércoles, 19 de agosto de 2009

Otra vez no

Nos olvidamos de su último cumpleaños. Y esta vez, de todos modos, nos acordamos bastante tarde. Pero no lo vamos a dejar pasar.
El Viernes 7 de Agosto concluyó un período. Por lo menos, para un miembro central del grupo.
Fueron años de estudio (o guitarreo, pero convincente). Y de cansador trabajo. Vivo ejemplar del fructífero curro que fueron las pasantías para los estudios jurídicos. Pero se la bancó. Sin perder el humor, la sonrisa, la amistad, la iniciativa y su amor por el cine.
Aprovechó cada verano, varios inviernos y findes largos para viajar por el país y otras naciones hermanas, acumulando recuerdos y anécdotas de todo tipo. No satisfecho con guardar eso sólo para él, compartió sus historias con todo aquel que quisiera visitar su blog. Y fue más allá: nos ofreció a todos este medio. Para reflejarnos, y comunicarnos de otro modo. Participó en memorables payadas en el blog de Discepolín. Y nos sigue deleitando con los capítulos de “Baños Públicos”.
Pero no sólo eso. Cualquiera que lo conozca sabe de su pasión por el cine, y su amor por el vino. Sus pilas para salir con amigos. Y su paciencia para llegar, por fin, a ese viernes 7 de Agosto. Cuando Fer cerró un período: se recibió de abogado.
En vez de describir el festejo del recibimiento con palabras, una foto lo dirá todo:




martes, 2 de junio de 2009

Mala memoria

En los albores del nuevo día, viajando con el cerebro entumecido por el sueño en un colectivo excesivamente recargado de personas, un haz de luz de conciencia se filtró en mi alma y con un tono melodramático me dijo: “Te olvidaste otra vez, gil. Ayer fue 1º de junio, cumpleaños de los melli y día de arribo de Monsieur Birman”. Inmediatamente, del suceso comencé a deshilachar hipótesis como: “No soy bueno para recordar cumpleaños” “Mi memoria falla cuando hay cambios horarios de por medio”, “Los primeros de junio son días olvidadizos”, “Soy un mal amigo”, “Soy un buen amigo con mala memoria”, “Soy un mal amigo con mala memoria”, “La gorda que me clava el codo en el pulmón izquierdo produce los efectos del Memorex Vital”... y así hasta bajar en la calle Perú y oír las campanadas de las ocho de la mañana del día que no era, del día después.
Ahora, véase lo siguiente, se entiende que es casi una tautología decir que uno se dará cuenta que se olvidó con posterioridad al suceso a recordar. Sin embargo, tengo sobradas sospechas que en mí no funcionaría el sistema del mismo modo. De hecho, mi olvido trasciende tiempos de cualquier tipo, y desafía mis propias capacidades, haciéndome recordar los días anteriores lo que luego durante el día en cuestión olvidaré.Cosa rara mi memoria, y más raro tal vez mis rebusques para justificar mis olvidos. Afortunadamente, se sospecha que el olvido muere cuando hay recuerdo, y hoy, a un día de distancia (y no como en otros casos en los que todavía no sé cómo disculparme) recuerdo los dos cumpleaños y el célebre regreso luego de meses de ausencia. Por lo que, pidiendo disculpas en todos los casos, deseo un muy feliz cumpleaños a Ramón y a Javi y un buen acostumbramiento a esta aplastante pero linda ciudad para Eze.

sábado, 9 de mayo de 2009

Una poesía en altamar

En una época, no hace mucho tiempo atrás, se solían dar unas verseadas lindas e interesantes, que eran escritas sobre todo por los muchachos del grupo en lo que solía ser el blog de Discepolín. Las muchachas, si bien por su parte, no muchas veces (si es que alguna), se animaron a arriesgar algunos versos, solían leerlas a hurtadillas y casi con delicadeza soltaban fragmentos en alguna opinión o alguna juntada, saltando inmediatamente al descubierto la evidente lectura.
La idea, aunque nunca planificada, era la de poetizar los blogs y dejar que a través de rimas y arrimas, estrofas cuartetas, sextinas, o sin una forma en particular, se vislumbrara, por solo un instante, el fluir a través de la conciencia del alma, la cual, tapándose con un velo insinuante, mostrara apenas pequeñas partes de su integridad.
Fue así como a través de versos, los cuales muchas veces contaran situaciones, o propusieran desafíos, o describieran actantes, o mencionaran situaciones emocionales indelebles, o hasta pretendieran la sonrisa del lector, se escondían estos pequeños vestigios de alma, de identidad, de secretos y misterios. Porque ocurre que en el poema ya no habla la razón, sino los sentimientos o las imágenes que nuestros ojos ven y que nuestra boca nunca se anima a contar y esconde en la oscuridad del azul profundo de nuestro abismo emocional.
Tal vez por eso, el quid de la cuestión sea que los versos que uno escribe no sean mas que el artistico intento de traición de nuestra inconsciencia, y por esa razón valgan tanto y sean tan bellos.

Como recuerdo de aquellos poemas, de aquellas payadas, contrapuntos y demases, Teseo me escribió un mail en el que manifestó que en un barco volviendo de Corcega sintió la necesidad de sacar a pasear a su alma a travès de los versos, desafiándonos a jugar al juego en el que las almas sutilmente se desnudan.

Aquí he de empezar de vuelta
desde el mar mediterráneo
el verseado abandonado
en un blog eliminado.

Tiempo ha ya que no payamos
la costumbre se ha dejado
pero con esto que escribo
claro es que no se ha perdido.

Viajo hacia el continente
hacia la ciudad de Niza
y mañana tomo el tren
a la tierra de la pizza.

País parecido al nuestro
(en La Boca, genoveses),
"como no estar en Europa",
dicen algunos franceses

Hacia nuevo rumbo voy
mañana hacia allí me encamino
intentando, como siempre,
trazar mi propio camino

Mas un fuego me ilumina
cada momento del viaje:
es que ya tengo el pasaje
para volver a Argentina.

por Eze Teseo Birman,
desde una computadora israelí,
en un barco que flota sobre el Mediterráneo
y se aleja de Córcega.
Mayo de 2009

viernes, 1 de mayo de 2009

Un saludo a distancia

Hoy cumple años un gran promotor del grupo, fanático lector de blogs y comentarista asiduo. Sí, sí, hablamos de ese hombre de ancha memoria, que se aprecia en la reproducción que efectúa de cada chiste de Les Luthiers o de versos que en ocasiones (la mayoría de las veces) el que los escribió no recuerda, ese filósofo y a la vez, tackleador indiscutido en partidos de fútbol que gentilmente organiza. No, no te confundís, es el estudiante de derecho y filosofía, buscador de buenos precios, rugbier adicto a las sabrosas tortas de la madre, ese mismo que se comía todo cuando llegaba inclusive tu comida si no habías llegado, o que preguntaba mirando con insistencia hacia tu plato: "¿eso te lo vas a comer?".
¿Cómo? ¿Vos no sabés de quién hablo? Aquel ya lo advirtió y vos todavía te preguntás quién es. Te ayudo un poco más. Carga con un mito a cuestas, sí, así de grande! Además, te puedo decir que siendo preceptor casi enloquece. También se aprecia un breve lapso de aprendizaje teatral, que por decisiones que sinceramente no recuerdo, fue velozmente abandonado. Sin perjuicio de lo cual, no dejó de asistir a obras teatrales, las cuales frecuentó muy asiduamente, al igual que la opera. Se destaca su pasión por la música clásica, además de Turf, por supuesto.
Si, ya no caben dudas, ¿no? Francia lo mandó a llamar para que enseñara idioma español y no fue más que una excusa barata para que siguiera morfando y dándole al chupi como buen europeo que no es. De hecho, todavia sigue girando por el viejo continente, y hoy le toca cumplir años vaya uno a saber en que rincon del mundo... Es realmente paradojico, pero mirá cómo serán las cosas que estando ausente y a kilómetros y kilómetros de distancia, Eze "Teseo" Birman, siempre está presente.
Por ello, FELIZ CUMPLEAÑOS, EZE!


domingo, 19 de abril de 2009

La crónica del buen beber

A continuación, Teseo, desde Francia, nos vuelve a dejar en claro que no labura un corno y la está pasando de lujo en el viejo continente.

por "Teseo" Birman

Todos saben perfectamente que yo soy bastante glotón. En cada cena, asado o reunión en la que haya comida lo constatan.

Saben, también, que en mi voluntad de conocer Francia incluí con primacía su gastronomía. Francia es famosa por sus quesos (los ingleses dicen que Francia es el país de los quesos que apestan).

Pero, tanto como por sus quesos, Francia es reconocida por sus vinos. Y si bien yo no soy un gran bebedor, cada tanto tomo alcohol, y muy de vez en cuando tengo, con él, alguna experiencia digna de ser contada. Aquí van dos.

Durante las vacaciones de Navidad, a finales del año pasado, fui a la ciudad de Blois, para conocer los castillos que se encuentran a orillas de la Loire.

Fui recibido en casa de los padres de Claire, una vecina de Jonzac. Julien, su novio, me había advertido que con la madre de Claire no pararía de comer, y con el padre, de tomar vino.

Aproveché la advertencia para llevar, como presente, una botella de vino blanco de Alsacia, muy reconocido en Francia. Pero lo que no pude fue intuir hasta qué punto iba a experimentar en carne propia la advertencia de Julien.

El padre de Claire (Alain) es un conocedor de vinos. Hizo varios cursos de enología, y sabe en serio. La noche de mi llegada, hicimos un aperitivo en el que hubo champán (o algo así, un vino con burbujas –pero diferente de lo que en Argentina conocemos como «vino espumante»). En la cena desfilaron algunas botellas, no porque tomáramos mucho, sino porque Alain tenía varias abiertas a la vez, acompañando con cada una un momento distinto de la comida.

Creo que el sábado, al día siguiente de mi llegada, durante la cena (la segunda) Alain me preguntó si quería probar no sé qué vino. Yo me puse un poco incómodo, no porque temiera ganar una reputación de borracho, sino porque no quería abusar de la hospitalidad que me dispensaban. Dicho esto, Claire me respondió, con una sonrisa pícara: decile que sí, así aprovecha y toma él también.

El aperitivo con vino con burbujas se repitió en las cinco cenas que hice allí (puedo agregar que las cinco veces, sin importar el número de bebedores, tomamos una botella entera). Pero lo mejor fue el lunes, cuando conocí los castillos de Chambord y Cheverny.

Ambos se encuentran muy aislados, y sólo se puede llegar en auto. Alain se ofreció a llevarme. Así, durante la mañana recorrimos Chambord, el más famoso de los castillos de la región.

Al mediodía fuimos a almorzar. En un restorán italiano, pedimos pastas, y como no podía ser de otra manera, una botella de vino. 750 ml a tomar entre los dos, al mediodía. Sin que quedara una gota.

El castillo de Cheverny lo recorrí en un relativo estado de somnolencia, que de todos modos no me impidió apreciarlo. Lo que sí me impidió fue mantenerme despierto una vez vuelto a la casa, de modo que apenas pisé la habitación que ocupaba me tiré a dormir una siesta, de hora y media.

Llegada la hora de la cena, se hizo el respectivo aperitivo con el respectivo vino con burbujas y la respectiva comida con su vino apropiado.

Creo que lo mismo se repitió el martes, último día que cené en Blois.

Lo mejor es que eso fue sólo el preludio del pedo que me agarré, junto a muchos otros asistentes de español, el miércoles 31, para ir a esperar el nuevo año, cagado de frío pero enormemente alegre, cantando y gritando cosas como «les assistants, les assistants», a la Torre Eiffel.

Por lo menos en España, los vascos tienen fama de chupar bastante. En Francia, todos reconocen al País Vasco francés como uno de los lugares más alegres, divertidos, y donde la noche es más entretenida.

Valérie, una profesora del liceo, nació en Bayonne, una de las principales ciudades del Pays Basque (lo escribo en francés para distinguirlo del País Vasco español). Amén de estar enormemente orgullosa de su región, es una mujer super alegre, solidaria y simpática. Y desde ya que testaruda, como buena vasca.

Con mis viejos estuvimos en la casa de su madre, en Bayonne (y sí, mi afán de currar alojamiento contagió a mis viejos). Y algunas semanas después, Valérie me dijo que quería que yo fuera de vuelta, que teníamos que encontrar una fecha para que yo fuera otra vez.

Definimos un fin de semana, y un viernes a eso de las 22.30 hs bajaba del tren. Fui super bien recibido, y, charlando, supe que el sábado jugaban al rugby el Biarritz contra el Bayonne, y que iríamos a verlo a un bar de la ciudad.

Ese sábado al mediodía almorzamos con vino, lo cual me provocó un tremendo estado de sueño que derivó en una reconfortante siesta (de hecho, Valérie tuvo que despertarme para que nos fuéramos).

Sin cenar, fuimos a un bar céntrico. Hicimos una vaquita (pero en euros), y empezaron a desfilar los vasos.

Yo pedí cerveza negra, esperando que fuera Guiness, parecida a la Quilmes Stout. Pero resultó ser una cerveza negra amarga.

Terminado mi vaso, y sin que me dieran tiempo de pedir, me llegó otra cerveza, igual a la anterior, que no pude rechazar.

Cuando devolví el vaso vacío, pedí que el próximo contuviera cerveza rubia. Sin demora, mi pedido se materializó.

Creo que cuando el partido terminó ya había tomado cinco cervezas.

Como el Bayonne había perdido, nos fuimos a ahogar penas a otro bar. Esa vez, fue un vaso de vino.

Ya medio cansados, volvimos sobre nuestros pasos a buscar a la gente que había quedado en el primer bar, y milagrosamente me llegó otro vaso de cerveza.

Nos volvimos caminando al departamento, con Valérie y su marido. Yo no sé si hablaba francés o si simplemente gruñía, pero seguro que lo hacía a los gritos. Nos sentamos a comer pan con queso, y con una enorme pesadez y un sonoro aturdimiento me fui a dormir.

El trabajo de asistente es un robo. Por eso, la mejor prueba de que acá trabajo como docente es haberme puesto en pedo con una colega.

miércoles, 1 de abril de 2009

El número solicitado no pertenece a un abonado en servicio

Hoy es un día triste. No se debe a cuestiones amorosas, crisis existenciales ni soledades vacuas, tampoco se debe a peleas de amistades, ni siquiera se vincula con la muerte de Alfonsín (me caen bien los defensores de la democracia y todo, pero no creo que amerita que le dedique una nota). Mi tristeza es de las que dejan marcas en la piel de la memoria y que, con el paso del tiempo, la huella queda.
En mi caso, la tristeza deviene de la culminación inesperada, tal como la muerte misma, de un proceso de creación grupal, intelectual y político. Se trata del desvanecimiento de un blog de interés, de una página firmemente instalada en mis favoritos, el blog de Don Discepolín, que en un abrir y cerrar de ojos fue deleteada de la existencia de la vida, suprimida en un grito de silencio sin ecos. No era erróneo el suponer que hoy los mundos pueden ser destruidos apretando solo un botón. Hoy ese botón fue apretado y un mundo murió. Era pequeño, de palabras, con algunas imágenes, pero siempre pocas, con comentarios, con clamores y risas, con sorna y respeto, con ficciones y realidades, cargado de verdades/mentiras (el término “verdad” en general da para la discusión) y acusasiones.
Está claro que no nos hacen más hombres el repetir verdades o mentiras, sino el criticar, el cuestionar constantemente, el luchar contra las zonceras en general. Y ese blog era eso, una crítica, una voz tras un estrado gritando en nombre del pueblo, pidiendo igualdad de condiciones, exigiendo castigo y rogando por memoria eterna para evitar cometer los errores que ya cometimos, un blog que ya desde su nombre daba cuenta de su esencia crítica con el emblemático interrogante: “¿A mí me la vas a contar?”.

Se desconocen los motivos de la decisión adoptada por el autor, pero es seguro que deben existir fundamentos que avalen la medida. También se desconoce si fue eliminado en un ciento por ciento de internet y del tiempo, quedando solo un fugaz resplandor en la memoria de los que tuvieron la suerte de visitarlo, o si por el contrario, se salvaron los textos y muchos de los ricos comentarios, poemas y contrapuntos que se escribieron a lo largo de su existencia. Pero los blogs son de quienes los escriben y administran, y la discrecionalidad del artista hace que las decisiones que tome no deban fundarse salvo que él lo desee.

Es una linda experiencia la de tener un blog. A veces, generador de angustia ante la falta de ideas, o la imposibilidad de publicación por el silenciamiento del alma, ese objetivo secreto al que apuntan los medios comunicacionales en general, con su avasallamiento visual, auditivo y psicológico. Además que ser creativo, ser original, no siempre es fácil, y existiendo tanto para leer y ver y escuchar, nos autorreprimimos, absteniéndonos de hablar acerca de cosas ya habladas, cosas ya dichas, y no nos damos cuenta que a veces es lindo oír lo que ya sabemos con acentos personales, con esas voces que los ojos advierten en las líneas de un texto, como la voz irónica y sarcástica de Discepolín, o las voces poéticas que en reiteradas ocasiones aparecieron en sus publicaciones cuando no en los comentarios. Tiene sus complicaciones, y sus traumas psicológicos, pero la sensación que genera el ver que hay comentarios nuevos, que la gente mencione el haber leído lo que uno escribió, las mismas críticas o halagos volcados, el encontrar gente que dice: “Siempre pensé lo mismo” o un “Me dejaste pensando...”. Ese es el momento de mayor satisfacción del autor, quien luego de una lucha exhaustiva para consigo mismo, para enfrentar y vencer a la vagancia, pasa por el rudo proceso de escritura que tantos dolores de cabeza provoca, y finalmente alcanza su primer satisfacción al ver que ya está escrito y que está bien, que su idea logró plasmarla en palabras, en letras. El resto es plus, es la satisfacción potenciada, y colma de alegría. El feedback del receptor llega al emisor. Hay alguien del otro lado. No estoy solo en una sociedad cada vez más individualista. Todavía alguien escucha.
Hoy mas que nunca es importante que gente como Discepolín siga hablando y si no ha hablado aún que se anime a hablar, porque actualmente se necesita escuchar gente inteligente, ya que hay mucho zonzo dando vuelta, diciendo pavadas, y una pavada muchas veces repetida tiene el peligro de adoptarse como verdad. Nada más peligroso. Por eso, es el mayor deseo de quien escribe que aparezcan nuevos blogs, que la gente hable, que diga lo que tiene para decir, que opaque con su voz el griterío infernal y sin sentido que nos invade por doquier, y que la ausencia de Discepolín no sea un adiós, sino un hasta luego.

domingo, 29 de marzo de 2009

Novedades de Teseo

Hola! Les escribo desde Bruselas. Llegué hoy a la tarde, desde lille. Lille estuvo muy lindo, mucho movimiento y mucha gente, aunque el tiempo fue una mierda, como siempre en el norte de francia.
La mujer que me recibio aca es muy simpàtica, charlamos un rato cuando llegué, después me dio las llaves de la casa y me fui a pasear. Bruselas es hermoso, hay muhas cosas para ver pero como es chico se puede hacer caminando y sin necesitar mucho tiempo. La plaza central, donde està la alcaldia, la casa del rey, la casa de no sé qué duque y la casa de los cerveceros, es preciosa. Y hoy fue un ia lindisimo, con sol y todo, y solo empezo a hacer frio a la nochecita.
Acà n europa también cambiaron la hora, la adelantaron una, asi que hay de vuelta 5 horas de diferencia con argentina, pero sobre todo, anochece a eso de las 8 y media. Es hermoso.
Otra de las cosas buenas de bruselas es que en el centro, huele todo el tiempo a waffles, chocolate, crema, etc. Increible. Y todo el mundo en la calle està con un helado, un waffle con nutella, un cono de papas fritas (m habian dicho que son una especialidad de bélgica). Otra cosa bien belga es la cerveza, asi que aproveché y en la plaza central me senté en un bar y tomé una cerveza con sabor a frambuesa, que se llamaba "muerte sùbita", pero no era nada fuerte.
Y maniana a la maniana voy a ver el barrio europeo, donde estàn las instituciones de la union europea, y después me voy a brujas. Y el martes a eso de las 11 me tomo el tren a lille para tomar el tren a bordeaux y para tomar el tren a jonzac, a donde llegaré a eso de las 8.
Ah! El barrio de bruselas en el que estoy es una suerte de once, solo que màs espacioso, con menos colectivos y con tranvia, y con mucho movimiento incluso el domingo. Y con algo màs: los judios y los coreanos son reemplazados por àrabes. No en el centro, pero acà, se escucha màs el àrabe que el francés.
Asi que muy contento, como siempre, y cayendo en la cuenta de que me quedan tres semanas màs de trabajo y después casi un mes y medio de viaje. Ya tengo todos los pasajes, como les conté, y esta semana voy a cambiar la fecha del avion. Les aviso cuando sepa qué dia llego.
Y cuando pueda les mando fotos.
Besos!!!

martes, 10 de marzo de 2009

Esto lo tengo que contar.

Realmente tenía pensadas otras anécdotas para escribir primero, pero la necesidad supera la cronología (como la realidad superó, esta vez, a la imaginación).

Quizá alguno haya oído hablar de la ciudad de Brest. Si no me equivoco, en nuestro Sur se encuentra Puerto Brest. En este caso, se trata de una ciudad de 200000 habitantes, al noroeste de Francia, sobre el mar, completamente destruida en la Segunda Guerra. Muy fea, me habían dicho.

Por esa razón, decidimos dormir allí dos noches, pero para visitar una zona cercana, cuyo nombre, traducido literalmente, es « casi-isla de Crozon ».

El problema era circular por allí, dado que se trata de un lugar bastante salvaje, donde se sitúan pueblos pequeños, adonde el tren no llega y el servicio de colectivos es muy deficiente. Por lo tanto, optamos por alquilar un auto.

Lo mismo habíamos hecho unos meses antes, a fines de Diciembre, para recorrer Alsacia, al este de Francia. Esa vez, la locación planteó ciertos inconvenientes. Lo peor no fueron las dos multas que nos hicieron por exceso de velocidad. Lo peor fue llegar a la agencia, dispuesto a abonar la cifra que me habían informado por teléfono, y encontrarme con que debía pagar un adicional enorme, por ser menor de 25 años.

De modo que, en esta segunda ocasión, amén de ir a otra compañía, controlé todo escrupulosamente, para asegurarme que ningún número cambiara a último momento.

En efecto, los números se mantuvieron. Felizmente, dentro de su relativa modestia, dado que esta vez, siendo cuatro, alquilamos un Citroën C1 (en Alsacia éramos siete y sacamos una C4 Grand Picasso).

Pero no faltó la sorpresa.

Al llegar al mostrador, el empleado buscó la reserva en la computadora. Esta vez, yo había pagado por internet, por lo tanto, había debido ingresar mis datos por ese medio. Ergo, el hombre no me pidió mi pasaporte, ni mi permiso de residencia. Ni justificativo de domicilio. Lo más increíble es que ni siquiera corroboró que yo tuviera permiso de conductor.

Pero lo mejor estaba por venir.

Cuando terminó el trámite electrónico y « verificó » que todo anduviera bien, me anunció que tenía un regalo para hacernos. Y qué regalo. Al Citroën C1 debían traerlo de otra ciudad, y durante el trayecto, en la ruta, se le había pinchado una goma. Por lo tanto, en su reemplazo, nos darían, ni más ni menos, un BMW. Lo que leyeron. Un BMW último modelo, Serie 3, con 4000 kms.

A pesar de lo mucho que yo amo los autos, mi primera reacción fue de nervios. Que duraron el lapso de subir al coche, encender el motor con un botón y corroborar que la sabiduría popular no se equivoca al afirmar que esos autos se manejan solos.

Esos nervios se transformaron rápidamente en un gran placer, que alcanzó el éxtasis cuando, en la autopista, puse la 6ta marcha.

Si bien lo siguiente no se aplica exactamente a esta anécdota, en este viaje estoy aprendiendo esto: hay cosas que el dinero no puede comprar. Para todo lo demás, siempre se puede garronear.

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viernes, 27 de febrero de 2009

La felicidad a cambio de un ambo

Era el día anterior. Había manifestado mi imposibilidad de asistir, pero algo en mí me decía que debía ir. ¡Cómo perdérmelo! No podía permitírmelo. Pero, cómo solucionar ese inconveniente, ese complicado problema del horario laboral... Necesitaba escaparme una hora por lo menos del trabajo, y no había pretexto válido. Podía pedir un favor, lo que se dice un permiso "de onda", pero más que eso, no. ¿O sí?
La decisión la tomé el día anterior, tirado en la cama mientras con una concentración envidiable miraba el techo. "¿Y si madrugo?", oí que mi voz interior proponía. Mi cuerpo rebatía al instante, "ni lo pienses!", y yo ahí, que sí, que no... Porque podía salir bien, pero y si salía mal? Si madrugaba y después me saltaban con que no porque tal cosa o porque tal otra, habría perdido una hora de mi sueño como un gran boludo... Tal vez no era la solución más propicia, pero existía acaso alguna otra solución.
Me decidí a madrugar.
A las seis sonó el despertador. No llegué a entender la canción que sonaba en la radio, me encerré en el baño directamente para ducharme y despejarme un poco. Hubiese querido cantarme algo al son de las gotas y el vapor, pero era muy de madrugada, y todo el edificio me odiaría. Trabajé toda una hora y media sin parar. Estaba hecho una máquina, una fiera, un tubular killer de burocracias, y todo con un propósito: que no tuvieran excusas para impedírmelo. Se hizo el momento, sentí que era el momento, y no dudé en encarar a mi jefa con el afecto y respeto que siempre le dedico y manifestarle, ya no solicitarle, sino expresar una simple declaración de una decisión ya tomada, que saldría por una hora, esa hora que había ganado entrando una hora más temprano que el resto de la oficina, y que tenía el trabajo al día. No faltó más. "Andá, no hay problemas", me dijo y, viendo que ya faltaban cinco minutos para las nueve, me largué a las apuradas, cazando casi con los dientes una factura al azar del montón, corriendo escaleras abajo, bajando a las corridas al subte línea D que me transportara a Medicina, con la cámara de fotos en el bolsillo, lista para disparar. ¿Estaría llegando bien? No era tan tarde... seguro que Nati todavía estaba en su casa, pensé. Además, ¿a qué hora empezaba el examen? ¿A las ocho y media? ¿O era a las siete y media? El horario era fundamental. El horario y las ganas de estar entre los primeros para rendir. Pero sí, si se trata del profe, qué miedo ni que ocho cuartos... no me van a decir ahora que al Ernest en su último examen le va a agarrar pánico escénico... No, eso no se lo cree nadie...
En la plaza, en círculo, con bolsas y expectativas, algunas caras conocidas me indican que todo está preparado para el festejo. Agus, Vani, Ari, Bren, Tatu. Toda una pequeña comitiva del grupo. En la vereda de enfrente, reconozco otras caras conocidas.
Tatu hizo mención de los avances obtenidos con los aprendizajes de los recibimientos anteriores. "Estoy mejorando la técnica, esta vez traje un engrudo". Mencionó los ingredientes y enseguidita deseamos no estar en el lugar del ruso. Estábamos hablando de todo esto cuando oigo que alguien dice: "Ahí viene". Al voltear lo veo venir, con su ambo blanco Ala, y con una sonrisa de oreja a oreja. Camina rápido, seguido por la madre y amigos. Cruzamos para saludarlo y felicitarlo. No habíamos terminado de saludarlo y ya estaba en la plaza, listo, dispuesto a ser enchastrado. En su cara se notaba que estaba listo para recibir lo que fuera, que ya no le importaba nada, y así fue que cada huevo, cada barro, cada mancha obtenida era un milímetro más de sonrisa en su rostro, un: "Vamos, mierda, ¿esto es todo el arsenal que tienen?".
-Tirale el engrudo -le dije a Tatu, quien miraba con cierto temor a la bolsa en la que lo traía, como si adentro tuviera un mandril asesino.
-No, mejor no...

-¿Tienen algo para tirarle? -preguntó un muchacho con un ambo azul que, al parecer, tenía bastante práctica en destrucción de recibidos.

-Sí, pero no se anima -dije acusando con mi índice a Tatu y luego señalando la bolsa.

-¿Qué hay ahí dentro?
-Un engrudo -respondió Tatu.

-Damelo.

Desprendió la tapa del envase térmico de telgopor que lo contenía y de inmediato arremetió contra Ernesto, tal vez no con el resultado más deseado, es decir, el más asqueroso. Cuando ya no quedaba nada para tirar, llegó Nati, apurando el paso porque se acababa de dar cuenta que llegaba tarde. Inmediatamente nos saludó, mientras Ernest se cruzaba de brazos y miraba la hora para ver cuanto tardaría en caerle algo más encima, y entonces vino un poco más de polenta y unos huevos para la decoración final. Un par de recortes en el ambo, un corazón en el pecho, cosa de mostrar su veta romántica. Y fotos por aquí, y fotos por allá.
El ruso, luego de una carrera meteórica, se recibió de médico y el grupo adquiere un nuevo profesional, otro peón más que después de cruzar el tablero se convirtió en reina (sin ánimos de tomar la expresión de manera literal). Por ello, felicitaciones al Dr. Ernest por el gran logro conseguido!


El ruso Salzman sonríe feliz mientras luce un sombrero de cáscara de huevo, el corazón marcado en el pecho, y un collage de colores y texturas sobre su ambo tajeado.

domingo, 15 de febrero de 2009

Rompiendo moldes

por "Teseo" Birman


Además del elemento lingüístico, este viaje tiene un componente que podríamos llamar emocional. Claramente, todo momento, cada segundo de la vida tiene su aspecto psíquico. Pero las vivencias grosas acentúan ese vértice y se observan mejor desde él. Estamos de acuerdo en que aventuras como la presente dejan una marca en quien las vive, más o menos profunda, pero indudablemente la dejan.

Yo no me considero tímido, ni siquiera inseguro. Al menos no lo soy en mis experiencias cotidianas. Creo que mis excesivas preguntas o rodeos antes de tomar ciertas decisiones se deben a un exceso de escrúpulos. No a timidez o inseguridad, sino a escrupulosidad. Y en varios momentos me pregunté si, quizás, este viaje me podría ayudar a modificar esa faceta.

En lugar de responder con un «sí», «no» o «más o menos», voy a contar algunas anécdotas para que cada uno saque sus conclusiones.


Anécdota Nº 1

En determinado momento, me llegó una citación para una visita médica. Absolutamente normal. Yo sabía que para obtener mi permiso de residencia tenía que pasar por ello. La consulta era en la ciudad de La Rochelle, la capital del departamento al que pertenezco, a 120 km. de Jonzac.

Semanas atrás, en Poitiers, capital de mi provincia, había conocido a los asistentes de español que trabajan en ella, y con varios habíamos intercambiado las direcciones de mail. Al lado del nombre y el correo de los asistentes, coloqué su nacionalidad y la ciudad donde trabajan.

Pues bien, al ser citado en La Rochelle, decidí escribir a la única asistente de allí cuyo correo había registrado (lo normal es que en cualquier ciudad haya varios asistentes, y de por lo menos tres idiomas, y no dos, uno de español y otro de inglés, como aquí): una chica mexicana llamada Margarita.

Tenía un remoto recuerdo de dos chicas mexicanas con las que había hablado en Poitiers el 2 de Octubre, pero lo concreto es que no tenía idea de quién era Margarita. De todos modos, le mandé un correo, y resultó que también ella había sido citada el 23 de Octubre, de modo que nos encontraríamos en el consultorio del médico.

Pues bien, muerto de sueño y de frío, estaba en la sala de espera; naturalmente, el médico estaba atrasado y yo seguía esperando sumamente embolado. Había, también, una asistente inglesa, un yanqui, y una rusa (que obviamente se llamaba Tatiana). Entró la inglesa al consultorio, el yanqui hablaba con otro paciente, francés, sobre la inminente elección en yanquilandia (hablaban en francés, de modo que yo entendía, y era muy gracioso ver cómo el francés defendía fervorosamente a Obama mientras el yanqui no sabía cómo ocultar que era republicano y disfrazarse de demócrata). La rusa, por su parte, se quejaba de haber buscado hoteles en varios lugares (las vacaciones empezaban al día siguiente), consiguiendo habitaciones dobles pero nadie que la acompañara.

En eso entraron dos chicas, que hablaban español. Nos pusimos a charlar, en especial con una de ellas. Me dijo que trabajaba y vivía en La Rochelle, en el mismo departamento que la otra asistente de español presente, y que la asistente rusa.

En determinado momento del diálogo, le pregunté:

-Y Margarita, también trabaja acá, ¿no?

-Sí, sí, yo soy Margarita.

Pasando olímpicamente por alto la incómoda situación en la que yo mismo me había colocado, dije alguna tontería para hacer avanzar el diálogo y poder llegar a donde quería.

Entre los muchos lugares cercanos que me habían sugerido visitar, La Rochelle era uno de los más destacados. Los alumnos me lo habían recomendado, y las imágenes que había visto eran muy atractivas. Sin embargo, como contrapartida, me habían advertido que era muy caro.

Si bien el precio de la noche en el albergue para jóvenes no era excesivo, nada mejor que lo que es gratis. De modo que, en cierto momento, me decidí y pregunté a Margarita (a quien, insisto, veía por segunda vez y sólo había reconocido diez minutos antes) si, en caso de visitar La Rochelle, podría dormir en el departamento donde ellas estaban. Me contestó que en principio no habría problema, pero que debería consultarlo con sus convivientes.

Así pues, llegó mi turno, fui revisado, me congelé mientras me hacían la radiografía de tórax, y comprobé por enésima vez, durante la prueba de vista, que no veo un carajo. Obtuve mi constancia de control médico, salí, saludé a Margarita, me llevé su promesa de un posible alojamiento, y me fui rajando a la estación (el intervalo entre entre los dos siguientes trenes a Jonzac era de cinco horas).

Días después, de vacaciones en París, mandé un mail a Margarita, preguntándole si había hablado con sus compañeras. La cuestión es que tardó un montón en responderme. Primero, me dijo que se había olvidado. Finalmente, me dijo que la asistente chilena no tenía drama, y que no haía hablado con la rusa y la escocesa pero suponía que tampoco tendrían problema.

Consecuencia: el sábado 8 de Octubre, con un día horrible, llegaba a La Rochelle. Paseé toda la tarde, y cuando oscureció, fui a una panadería, compré una hogaza de pan como «presente», y me puse a patear hacia la casa de mis anfitrionas.

Caminé mucho, junto a la costa; ya no llovía, y era hermoso ver la ciudad iluminada sobre el mar, sentir el pasto mojado y su olor. Naturalmente, me perdí, y no fue sino después de llamar tres veces a la asistente chilena (Margarita aún no tenía celular) y de que ella viniera a buscarme, que llegué a destino.

Nos sentamos a merendar, tomé un té, saqué el pan que había comprado como atención. Naturalmente, el 90% me lo comí yo (pero como contrapartida, a la noche salimos y yo invité con unas tapas muy abundantes y que, esta vez sí, comimos entre todos).

Esa no fue ni la primera, ni mucho menos la última vez que logré currar el alojamiento. El asunto es que, con el paso del tiempo, fueron sucediendo otras cosas más meritorias de ser contadas.


Anécdota Nº 2

Cuando fui citado a la segunda reunión en Poitiers, recordé que Silvia, una asistente española de Angoulême (a mitad de camino entre Jonzac y Poitiers), me había dicho, en la primera reunión, que ella vivía en una casa grande donde sobraba una habitación, y que podríamos ir cuando quisiéramos. De modo que, para evitar dormir nuevamente en el albergue para jóvenes de Poitiers (esta vez, en serio, no era sólo no pagar: les aseguro que cuando uno entra en ese albergue lo primero que reconoce es un profundo, ancestral olor a pata), le escribí a Silvia y dormí en Angoulême.

Podría contar cómo esa noche me fueron a buscar en auto a la estación, y de ahí fuimos a comer a lo de la asistente irlandesa. Es decir, cómo, de pronto estaba charlando y tomando vino como un viejo amigo en la casa de gente que no conocía. O cómo en casa de Silvia me dieron la habitación libre con una cama matrimonial mientras las otras cuatro asistentes que también habían ido a Angoulême dormían en el piso del comedor (a pesar de mi insistencia por dejarles la habitación, como buen caballero).

Pero creo que lo más destacable sucedió otro fin de semana.

Resulta que finalmente me hice amigo de Silvia, y me invitaron un sábado a la noche, porque los asistentes estadounidenses de Angoulême organizaban, en casa de Silvia y Jessica (la asistente inglesa con quien comparte la casa) la cena de acción de gracias. De modo que el sábado a la tarde me fui para allá, y cuando llegué, a eso de las 20, la casa ya parecía un boliche. De hecho, me abrió la puerta un desconocido, no sólo mío, sino también de Silvia y Jessica (ellas mismas me dijeron luego que sucesivamente permitieron entrar en la casa a gente cuya identidad desconocían absolutamente). Había alrededor de treinta personas, música fuerte y poca luz, y una mesa literalmente cubierta de comida. Y no poca gente ya bastante en pedo.

Me contaron que habían empezado a comer a las tres de la tarde (y, a la misma hora, a tomar alcohol) y que la joda continuaba. De modo que me dispuse a aprovechar las abundantes sobras, charlé y bailé un poco, hasta que en determinado momento, cerca de las 22 (en Francia la noche empieza y termina mucho más temprano que en Argentina), nos fuimos los treinta a un bar.

Caminamos en grupos, y cuando yo llegué ya había varios adentro. La gente con la que había ido fue entrando, y cuando me dispuse a hacer lo mismo, el patovica me lo impidió: «Con esa ropa no puede entrar», me dijo. Enormemente sorprendido, pero sin discutir, me di la vuelta y salí.

Francamente no tengo idea de qué prenda planteaba el problema (aunque supongo que fue la bombacha de campo), pero en todo caso no me pareció apropiado intentar una discusión inútil ni joder a mis compañeros. De todos modos, debía decirles lo que sucedía.

Resulta que tres de ellos (un asistente yanqui, la asistente irlandesa y su novio, francés) se re calentaron, fueron a discutir con el patovica, que se mostró inflexible, y terminaron decidiendo que si yo no podía entrar, entonces todos nos iríamos a otro lugar. Así, fueron a buscar a todos los que ya estaban dentro, y nos fuimos, los treinta (a la mayoría de los cuales yo no conocía), a otro lugar.

Todas las muchas otras veces que fui a Angoulême, seguí durmiendo en el cuarto con la cama matrimonial (al que ya llamo, cuando hablo con Silvia, «mi cuarto»), seguí disfrutando de la amabilidad y amistad de los varios asistentes de allí, pero, sobre todo, me puse, siempre, un simple jean celeste.

domingo, 8 de febrero de 2009

CRONICAS QUE VALEN UN PERU (El hospedaje en Cusco)

El hospedaje en Cusco


Tras una costosa bajada del micro, las piernas entumecidas por el adormecimiento sufrido a raíz de la poca distancia existente entre las butacas luego de un viaje que duró más de diez horas, pisé tierra firme e inmediatamente ingresé al edificio de la terminal para ponerme a resguardo del frío áspero de la mañana cusqueña.

Con Ernesto, ya rumbo hacia la ciudad capital del imperio del Tawantinsuyo, nos habíamos preocupado por tratar de resolver qué haríamos al llegar, dado que no habíamos hecho reserva de ningún hospedaje y el horario en que arribaríamos no sería de los más adecuados como para ponernos a buscar, con el peso de nuestras mochilas a nuestras espaldas. No habíamos alcanzado conclusión alguna, pero afortunadamente no fue necesario, dado que en la mismísima terminal, uno era invadido por un batallón de individuos que recomendaban hospedajes y explicaban los beneficios y precios de cada uno. Por lo que luego de una ligera investigación de mercado nos inclinamos por la propuesta de un tipo de treinta y pico de años, bajito y de rulos oscuros que se paseaba por la terminal con un bigote cortito y que prometía que podríamos dormir lo que quedaba de la madrugada sin pagar por ello una noche de más.

El hotel al que íbamos en taxi pintaba prometedor. El volante decía tener duchas con agua caliente y desayuno, además de comodidades como Internet o televisión con cable. Puede resultar ridículo para quienes leen que se mencione la televisión con cable como algo bueno para un viaje como el que estoy narrando. Quién sería capaz de festejar tener cable estando en Cusco, una ciudad reconocida a nivel mundial porque se encuentra cubierta de construcciones coloniales muchas de las cuales tienen un basamento incaico, una ciudad con historia, con imponentes construcciones, una ciudad que en cada esquina emana esencia de Inca. Yo. Es que una de las cosas que se me privó en toda mi vida fue el acceso a la televisión por cable. Acostumbrado de toda la vida a soportar los míseros cinco canales de aire (no cuento el canal América TV porque no tiene buena recepción y parece un canal codificado) con su miserable y patética programación que promueve a salir del encierro, cada vacación que pasé en hospedajes con cable fueron una bendición para mí. No implica esto que no conozca las ciudades que estoy visitando, sino simplemente que, además de ver la magnificencia de los sitios elegidos para conocer, me informo de la existencia de canales como Retro (antes Uniseries), Cinecanal, HBO, Sony, Universal, Animal Planet, etc., y me nutro de su programación, tan inaccesible durante el resto del año. Sin ánimos de ahondar mucho más sobre este punto, agrego que la fecha elegida para visitar Cusco se trataba ni más ni menos que la época de las lluvias, y si bien creímos por un momento que por “época de lluvia” se entendía que cada diez o quince días llovía, lo cierto fue que nos llovió casi la totalidad de las jornadas que pasamos en dicha ciudad. Por lo que tener televisión fue una maravillosa manera de evitar tardes torrenciales a la intemperie, y eso se notó en la variada filmografía observada: Tiempos Modernos, Los fantasmas de Goya, Hombres de Negro, entre algún que otro fragmento de otra película.

El taxi luego de dar un par de vueltas, lo cual no nos importó en lo más mínimo ya que tanto en Perú como en Bolivia no existe el miserable y detestable taxímetro y los precios se acuerdan de antemano, enfiló por una avenida ancha y vacía de doble mano en la que a lo lejos llegamos a divisar un edificio que tenía un cartel que rezaba: “Plaza de Armas”, y tras doblar hacia la izquierda aprovechando que ningún auto pasaba por el carril en contramano, nos metimos por una calle angosta de un solo carril llamada Q’era. Hizo dos cuadras y media y apagó el motor. Habíamos llegado. Mientras sacábamos nuestros equipajes del baúl, el taxista se dirigió a las puertas de madera de gran tamaño y golpeó las mismas con un tocador de bronce con forma de puño. Encima del portal se leía “Hotel Gran Machu Picchu”. La puerta se abrió mientras pagábamos al chofer la tarifa acordada e ingresamos. Tras hacer el check in nos dirigimos hacia la habitación apreciando la interesante casa colonial en la que nos encontrábamos. En el primer patio reposaba un rectángulo cubierto de flores y vegetación protegido por una reja negra de un metro de alto. Luego seguía un corredor techado que desembocaba en el patio trasero. A las habitaciones que daban a los patios se ingresaba a través de una puerta doble, baja, de madera trabada con un pasador-cerrojo antiguo de hierro. Y luego parqué en el suelo, paredes rosadas y techos altos, y un ruido de motor soberanamente hincha pelotas que a cada hora, hora y algo, arrancaba y trabajaba por unos quince minutos. Las camas, manteniendo la impronta colonial, tenían sus maderas trabajadas y si uno se revolcaba demasiado en las mismas podía sentir el crujir de las tablas por debajo del colchón. Enfrentado a las camas, quebrantando la estética virreinal y haciéndonos recordar nuestros orígenes, la presencia de nuestra época actual, un televisor negro de catorce pulgadas.

Por las mañanas el despertador sonaba alrededor de las diez de la mañana para avisarnos que ya era horario de desayuno, por lo que, sin importar la hora en que nos hubiésemos ido a acostar, dábamos un salto rezongón, salíamos al patio trasero, que era al que daba nuestra habitación, cruzábamos al primero adornado con sus plantas, árboles y flores, ascendíamos por una escalera lateral al primer piso y ahí, improvisado en un pasillo, nos sentábamos en unas mesas junto a unos ventanales que daban al patio. El desayuno consistía en un plato con unas cuantas fetas de jamón con el tamaño de una púa de guitarra, cubitos de queso de cabra, aceitunas negras (sí, parecía más una picada que un desayuno) y bolitas de manteca, y además a cada mesa le correspondía una panera, una azucarera y un platito con mermelada. Para beber uno podía escoger de entre tres termos: café, leche o agua caliente, y a su lado, en una canastilla de mimbre, se encontraban a disposición de los comensales los sobres de té puro, mate de manzanilla o mate de anís. Para los infantiles, como Ernesto y yo, no podía faltar el polvo de cacao para hacerse una chocolatada. Finalmente, una jarra de jugo de papaya espeso fingía ser jugo de naranja y solo unos pocos llenaban sus vasos con ello, los que desayunaban ahí por primera vez.

El 31 de diciembre, último día del año, nos había encontrado cansados luego de una excepcional noche del 30 en uno de los boliches de Cusco. De modo que decidimos ir a reservar el tour para ir al Machu Picchu y volvernos al hotel para dormir una siesta. La siesta se prolongó durante todo el horario del almuerzo y al despertar notamos que lo que los oscuros nubarrones vaticinaban ya era un hecho. No encontrando más fuerzas que encender a nuestro amigo televisor nos deleitamos viendo a Chaplin en sus andanzas de Tiempos Modernos y al terminar la película decidimos salir a ver cómo seguía lloviendo.

Si bien nos preocupaba un poco que estuviera tan feo encontrándonos tan cercanos al año nuevo, ya habíamos bajado los brazos de hacía rato. Personalmente sentía que no iba a ser el año nuevo que pensamos al elegir la ciudad. Hasta el momento no habíamos podido tener la posibilidad de conocer a nadie. El hecho de que durmiéramos en un hotel en lugar de un hostel impedía encuentros en lugares comunes, los patios generalmente estaban vacíos, la computadora en la recepción no ofrecía demasiadas chances de generar diálogo con quien la estuviese usando, y en el desayuno las mesas o estaban vacías o eran ocupadas por individuos de edad avanzada que hablaban idiomas desconocidos. Por otra parte, siempre que llovía no me gustaba salir al patio dado que el día anterior habíamos salido a caminar y una tormenta de lluvia y granizo encharcó mis únicas zapatillas. De modo que con las zapatillas todavía secándose en el interior de la habitación, salir a ver cómo llovía para que se me mojaran más, realmente no tenía sentido. Pero esa tarde el patio con su lluvia tenía una luz especial, una razón para salir a verlo, un sentimiento metafísico, esperanzador, que sin explicaciones me hizo calzar las ojotas de Ernesto y salir a verlo. La puerta de la habitación de la izquierda estaba abierta y al rato se asomó una muchacha con un cigarrillo y un encendedor en la mano. Encontrándonos ambos cubiertos por el mismo balcón y salpicados por la misma lluvia, comencé una conversación banal. Muy simpática, comentó que era española, que estaba con dos amigas, coincidió que la lluvia no era lo mejor que podía pasarle a Cusco para año nuevo y finalmente nos ofreció de sumarnos a cenar con ella y quince personas más. No dudamos en aceptar.

Nuestra noche de fin de año comenzaba a modificarse radicalmente.


Ernest ingresa a la habitación del hotel con la clásica botella de agua mineral que nos permitía evitar los efectos del agua cusqueña (muy similares a los efectos del Activia) y su gorrita de lana olvidada en algún hospedaje. De fondo, el compañero de los días de lluvia.